Los conceptos que ilustran el título de nuestra columna de esta semana, han sido entendidos como los movimientos que la Tierra realiza constantemente.
Están vinculados a husos horarios que miden el tiempo durante el período corto de un día y en su extensión de un año y cuatro meses.
Esta relación al Dios mitológico griego Cronos, viene a colación con lo que hayamos dejado atrás y que ya es historia y lo que algunos suponen debe mirarse hacia lo que viene y se planifica en orden al futuro.
El tiempo tiene una acepción bastante complicada en lo que pueda significar en determinados momentos.
Un minuto o un segundo ya no regresa una vez cumplido. Se escapa y se va sin dar vueltas; ese segundo puede dar vida o quitarla. En ese complejo de hechos, se establece una fecha con la que solemos determinar o marcar la vida.
Este acontecer transcurre diariamente, a veces sin darnos cuenta; desapercibidamente y sin pausas. En este infinito de circunstancias, siempre se ha establecido que todo lo ya vivido ha sido siempre mejor. Nace la añoranza por momentos, fechas, modos de vida, recuerdos, pensamientos y un sin fin de sentimientos humanos con los que enriquecemos nuestra estancia en este Planeta Tierra que Dios nos ha dado para guardar nuestras alegrias y tristezas.
Indiscutiblemente, lo relacionado con las costumbres de tiempos pasados pero aún cercanos, nos han venido dejando un clamor de necesidad. La formación del hombre y la mujer de este siglo XXI, difiere abiertamente de lo que hasta hace poco vivíamos en el inicio del siglo XX sin hablar del XIX. Quizás lo que más se añora es el concepto de la formación integral en lo moral, ético, educativa y de compromiso que había en el comportamiento de esa sociedad en extinción. Venimos a un mundo de acelerado avance; en este momento asistimos al resquebrajamiento de la familia tal como la habíamos conocido en su esencia natural o quizás como hasta ahora la Constitución Nacional aún la
conserva como una institución de un padre, una madre y los hijos. La trilogía perfecta del trípode supremo de la sociedad.
Actualmente, este concepto se ve con profundos cambios, comenzando por el indetenible aumento de divorcios (hoy permitidos por libre decisión de las partes conforme al criterio según el cual: “…cualquiera de los cónyuges podrá demandar el divorcio por las causales previstas en dicho artículo o por cualquier otra situación que estime impida la continuación de la vida en común, en los términos señalados en la sentencia Nro. 446/2014, ampliamente citada en este fallo; incluyéndose el mutuo consentimiento”.), de allí, el legislador ha visto superada su previsión de interés público de esta institución, por la interpretación jurisprudencial que ha hecho el TSJ. Por otra parte, esos valores inmersos en la familia han venido siendo rápidamente consumidos por una voracidad del modernismo existencial de esta época que ha superado hasta los designios de Enrique Santos Discepolo.
Regresando a esta entidad necesaria como lo es la familia; es de perogrullo considerar ese comportamiento en lo que también ha venido constituyendo una transformación total en lo referente a posibles derechos (aún no reconocidos por ninguna ley nacional), de las relaciones entre personas del mismo sexo. Esto sin duda alguna es un tema que atañe a circunstancias especiales de estos cambios que devienen en nuestra sociedad. De allí, el tema de la familia podría verse supeditada a modificaciones que sin duda harían añorar conceptos muy arraigados del comportamiento moral existente.
Sin duda esta parte apenas es un resquicio de todo un sistema que pasa por requerimientos de querer volver al pasado. La visión no es tapar la realidad, pero por otra parte está el desarrollo inducido por centros de poder para establecer valores distintos a los que la sociedad venía acostumbrada.
La trascendencia de estos temas, son en esencia importantes para la búsqueda de destinos del pasado que son añorados y necesarios para la integridad de una sociedad que invoca una educación sin Google, que impone el cuidado y permanencia de un padre y una madre protectores de los hijos para llevarlos a un sistema educativo de esfuerzos y de cumplimiento de deberes y obligaciones, un sistema que enriquezca a esa familia en un orden de un modelo necesario que enrumbe al país en la dirección de su desarrollo con la visión fundada en su gente y no en sus bienes naturales de riqueza. Aquí se ha quebrado ese sistema. La tarea es recuperarlo.
Rafael García González
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