En un viaje nostálgico a través del tiempo, las memorias de Juan Álvarez rescatan del olvido la esencia de un lugar emblemático: la famosa bodega a orillas del Río Acarigua, un punto de referencia obligado para los legendarios buses de la línea Amaral y parada recurrente para los ciclistas que hasta hoy desafían las montañas de Araure.⁣

Juan Álvarez relata que no solo fue un asiduo consumidor del guarapo de caña que allí se elaboraba, sino que también tuvo el privilegio de acompañar a su tío político, conocido cariñosamente como “Chelino”, y a su primo Eduardo, a cortar la caña en el cañaveral sembrado a la ribera del río. Esa caña era luego procesada en un trapiche para extraer la dulce y deliciosa bebida que caracterizaba al lugar.⁣

Para la época, la bodega era propiedad de la señora Enriqueta y estaba a cargo de “Chelino”. Este establecimiento era uno de los principales abastecedores de los rioacarigüeños, compartiendo el protagonismo comercial con otras bodegas memorables, como la de don José y la de don Rupertino. El radio de dos kilómetros a la redonda era un hervidero de pequeños comercios que servían a la comunidad.⁣

Uno de los recuerdos más dulces para Álvarez eran las visitas para llevar las famosas “tabletas” que su tía Ernesta, esposa de “Chelino”, elaboraba con singular talento. Estos dulces se vendían en un frasco de vidrio junto a otras golosinas, lo que convertía cada visita en una excusa perfecta para ver a sus abuelos, quienes vivían en la granja contigua.⁣

La casa de la señora Enriqueta, con sus paredes forradas con páginas de revistas a modo de papel tapiz, se convierte en su memoria en una ventana al mundo. Fue entre aquellas imágenes y textos de publicaciones internacionales donde el joven Juan tuvo sus primeros contactos con culturas allende las riberas de su querido río.⁣

El aroma impregnado por la elaboración del guarapo es otro recuerdo imborrable. El trapiche, ubicado en un área aledaña a la bodega, desprendía una fragancia fuerte y característica que definía el lugar, un olor que se mezclaba con el de los bagazos de caña amontonados en el patio.⁣

Entre las anécdotas curiosas, Álvarez destaca el singular método para picar el queso utilizando una fina cuerda de nylon, una técnica que “Chelino” y otros bodegueros de la zona dominaban a la perfección, partiendo los “toletes” con una precisión admirable.⁣

Los días en la granja también estaban sazonados por los sabores de la naturaleza: las mandarinas dulces de los árboles del patio y los mangos que, incluso después de mudarse a Araure, Juan solía llevarse en sacos a bordo del bus de Amaral.⁣

Pero por encima de todo, lo que más disfrutaba Juan eran los caballos. “Chelino”, además de bodeguero y agricultor, era un experto jinete y arriero. Muchas tardes, después de cerrar la bodega, el juego consistía en que “Chelino”, con su lazo, perseguía y enlazaba a los niños entre risas y carreras, creando momentos de pura felicidad.⁣

Juan Álvarez concluye sus recuerdos afirmando que tanto la bodega como “Chelino” son figuras históricas, merecedoras de un libro por la cantidad de personas que por allí pasaron, incluyendo a la misma Valentina Quintero, quien incluyó el lugar en su programa “Bitácora”.⁣

A través de sus palabras, Juan Álvarez no solo comparte un pedazo de su vida, sino que immortaliza la historia de un rincón de Portuguesa que fue testigo de una época, un lugar que, bendecido por su gente y sus tradiciones, permanece vivo en la memoria colectiva.

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