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¿Acaso aún importan la soberanía y la libertad de los pueblos?

Homar
Homar Garcés
Al referirse a Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina,  Dani Seixo resume que «esta es la región de la paradoja trágica: inmensamente rica y eternamente empobrecida. Las independencias del siglo XIX, heroicas en sus batallas e intenciones, fueron un espejismo. Rompieron el lazo político con España y Portugal, sí, pero las oligarquías criollas, esas burguesías nacidas para servir, se apresuraron a buscar un nuevo patrón ante el que someter a sus pueblos. La corona fue reemplazada por la libra esterlina y esta, a su vez, por el todopoderoso dólar. La dominación cambió de idioma, de traje y de modales, pero su esencia, la del imperialismo, se hizo todavía más profunda y voraz». Ahora observamos cómo algunos gobiernos han asumido sin disimulo una posición vasalla y rastrera en cuanto a la política supremacista de la Casa Blanca y a su máximo objetivo de controlar de forma directa el manejo de los diferentes recursos naturales estratégicos que se hallan en nuestras naciones, recurriendo, de ser preciso, al uso de las armas, como ya ocurrió con Venezuela y se amenaza reiteradamente a Cuba; lo que convierte a todo el territorio nuestroamericano en un territorio de inestabilidad política, sometido al chantaje del gobierno estadounidense.
Es imperativo, como lo señala Aymara Gerdel, «dejar de ser espectadores de un orden diseñado por otros y pasar a ser actores estratégicos en la construcción de un orden multipolar capaz de crear cadenas de valor autónomas que cierren brechas y prioricen los intereses del Sur Global». Sin embargo, la ausencia de dinámicas de colectivización social hace que dicha aspiración sea difícil de lograr, dada la inserción subordinada y dependiente de nuestros países en el sistema-mundo controlado por la hegemonía del dólar en el sistema capitalista global, a pesar de las iniciativas unilaterales y multilaterales (tipo Brics) que se han tratado de concretar. Además de ello, es imperativo socializar lo que llamamos conciencia nacional. Sin este último elemento, cualquier noción de independencia que se tenga no tendrá raíces profundas y se expondrá a ser absorbida por los intereses particulares de quienes promueven la subordinación a Estados Unidos, sin que importe para nada el bienestar de toda la colectividad. En la actualidad, la estrategia de dominación del imperialismo gringo en nuestros países busca basarse principalmente en la incapacidad de los ciudadanos para ejercer control sobre decisiones que terminan por afectar sus vidas. Sólo cuando sus resultados no son inmediatos y seguros se recurre a la amenaza y a la agresión militares, con dispositivos o armas de avanzada tecnología. Esto exige una re-comprensión de la política
imperial planetaria lo que supone a su vez desentrañar también el patrón de conducta del capital, impuesto a la generalidad de personas y naciones de un modo tal que se califique como irreversible, inevitable, único y natural. Cabe decir -con García Linera en su artículo «El orden global que vendrá: ¿Mercado o Estado?»- que «lo diferente ahora es la desembozada ambición del poder estatal para hacer más grandes negocios; para obtener nuevos beneficios empresariales; para extender sus ramificaciones internacionales; para materializar sus viejos prejuicios racistas; para coaccionar a aquellos gobiernos que colocan obstáculos en su camino de crecimiento».
La humanidad toda se encuentra a merced de una guerra cinegética, la cual es una guerra de persecución permanente. Sus patrocinadores principales son el sionismo israelí y el imperialismo yanqui, contando con el apoyo tácito de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la inercia de la Organización de las Naciones Unidas, cuyas resoluciones se han mostrado totalmente ineficaces para contener definitivamente sus acciones militares genocidas. De ahí que sea pertinente preguntarse:  ¿Acaso aún importan la soberanía y la libertad de los pueblos? Indudablemente que sí. Lograr que esto sea algo real y libre de todo riesgo, supone el esfuerzo colectivo por edificar una nueva clase de Estado nacional y popular que permita las condiciones adecuadas para que se desarrolle y se consolide verdaderamente una
emancipación social, nacional y popular, dando solidez a los cimientos de la democracia, la paz y el respeto al derecho internacional.
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