Homar Garcés

Mediante el proyecto revolucionario bolivariano, Hugo Rafael Chávez Frías pretendió impulsar y consolidar una propuesta integracionista a nivel de nuestra América y el Caribe, consciente de la necesidad de prevenir cualquier tipo de acción contraria del imperialismo gringo; propuesta que se vió reforzada por el apoyo brindado, principalmente, por los presidentes de Argentina (Néstor Kirchner), Brasil (Lula Da Silva), Bolivia (Evo Morales), Cuba (Fidel Castro), Ecuador (Rafael Correa) y Nicaragua (Daniel Ortega), lo que se plasmara, de alguna forma, en la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), con un propósito de unidad regional y de complementariedad que contribuyera a defender la soberanía, la democracia y los recursos naturales de las naciones de nuestra continente, elevando de paso sus diversas potencialidades de desarrollo en un marco económico diferenciado del capitalismo neoliberal.

Con Chávez, comenzó a dársele forma a una agenda basada en el impulso de un orden multipolar y multicéntrico; la promoción del modelo de democracia participativa frente al modelo tradicional de democracia representativa; la implementación de procesos de integración regional y subregional en los ámbitos económico y político sin la presencia estadounidense y canadiense, y el uso de la capacidad energética venezolana (dentro y fuera de la Organización de Países Exportadores de Petróleo) como instrumento de sustentación geopolítica en el continente, el mar Caribe y demás regiones del mundo; todo lo cual vendría a representar un choque con la política imperialista y hegemónica llevada a cabo por Washington desde hace más de cien años al sur de su frontera. Para la gran potencia del norte, ha sido necesario poner en práctica una estrategia de cercamiento diplomático, de sanciones económicas unilaterales y de hostilidad política y militar con la finalidad de intimidar y volver al carril al gobierno venezolano. Sin embargo, ésta no ha resultado del todo efectiva, por lo que requiere la intervención de gobiernos afines a sus intereses, como lo hizo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, buscando crear el escenario propicio para una escalada bélica que «obligara» a intervenir a Estados Unidos para «restaurar» la paz en el subcontinente y, de paso, como objetivo central, acabar con el régimen chavista y sus pretensiones revolucionarias.

En la actualidad, con el diferendo con Guyana por el territorio en reclamación del Esequibo como trasfondo, se reactiva el plan de intervención militar de Estados Unidos contra Venezuela en respaldo de las actividades extractivistas de la empresa multinacional Exxon Mobile, autorizadas por el gobierno guyanés, recrudeciéndose las tensiones entre ambas naciones. Para el imperialismo estadounidense (con respaldo de Inglaterra) es un asunto de máximo interés, dado el grado de conflictividad que sostiene con el gobierno chavista, siendo éste, además, aliado de sus dos principales rivales, Rusia y China; lo que convertiría la disputa por el territorio del Esequibo en la causa de un enfrentamiento de mayores proporciones, tan igual al escenificado en Ucrania, Oriente Medio y el mar de China en los cuales convergen los intereses geopolíticos de estas tres potencias mundiales. A ello se agrega la posición asumida por los distintos gobiernos caribeños al apoyar al régimen de Georgetown, al margen de las iniciativas llevadas a cabo por Caracas en favor de sus economías y poblaciones.

Debe comprenderse que la revolución socialista tiene un carácter esencialmente internacionalista, de lo contrario, su especificidad (asentada en sus condiciones nacionales) estará sometida al ataque sistemático de sus enemigos ideológicos internacionales; como aconteciera con las distintas experiencias revolucionarias desarrolladas en la Unión Soviética, Vietnam, Cuba, Nicaragua, Bolivia y, con algo más de ensañamiento, Venezuela. Lamentablemente, como parte de la ideología burguesa dominante, el nacionalismo se interpone en su camino, desvirtuando en muchos aspectos la solidaridad, la comunidad de intereses y la complementariedad que debe existir entre cada proceso revolucionario, tal como lo hacen los regímenes reaccionarios derechistas y las grandes empresas transnacionales capitalistas. Siendo su objetivo, a grosso modo, la eliminación de toda dominación de clase, de todo avasallamiento opuesto a la igualdad y la libertad, y de toda explotación sobre los trabajadores asalariados, sería lógico que éste también se extendiera al resto del planeta, impulsando una transformación estructural generalizada, sin que ello signifique aplicar un recetario ortodoxo, de manera inflexible, a todo y en todo.

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