“En la naturaleza nada hay superfluo”.
Averroes
Todo lo que buscamos ya existe. Eficiencia, equilibrio, armonía. Todo ya está presente en la naturaleza. No existe nada que ya no se encuentre entre nosotros, incluso la felicidad, ese extraño concepto que no logramos descifrar y que cada quien entiende e interpreta a su real gana. Aunque lo obviemos, la naturaleza en cada momento vuelve a hablarnos en voz baja, cuál madre que murmura un consejo al oído de su hijo desubicado y un tanto atolondrado por la dinámica de este tiempo que nos obliga a vivir en el caos.
En momentos en que el humano parece haber perdido el norte y en tiempos que la brújula del sentido común gira sin procurar ninguna pausa. Es ahora el momento en que debemos reconocer que el mejor aprendizaje viene de la observación, de mirar y sobretodo mirar bien.
Si todo está aquí con nosotros, entonces lo que hay que aprender es a mirar. Ese aprendizaje que nos proporciona el mirar, el observar, es conocido con el nombre de Biomímesis, que viene siendo algo así como el arte de inspirarse en la vida para resolver los problemas de la vida. Esto es lo que yo llamo Naturacentrismo.
La Biomímesis no inventa nada, si te fijas en el vuelo del colibrí se han podido diseñar drones que nos salvan y que nos matan, si te fijas en la disposición ordenada de las escamas del pescado, se pueden construir materiales de alta resistencia. Copiando al girasol se han podido construir paneles que giran en procura del sol. Los caracoles son la figura constructiva mas enigmática, resistente y útil. Así que, la biomímesis es la ciencia que lleva en su interior el alma de poeta. En su raíz hay una enseñanza antiquísima, la naturaleza no derrocha; reutiliza, construye equilibrio negociando con el entorno para adecuar los temas que definen la vida.
En nuestra querida Venezuela, adolorida y triste, golpeada, corroída, malversada, la idea de la biomímesis consigue tierra fértil para expandir sus enseñanzas. Fijémonos que nuestros páramos pueden enseñarnos a retener el agua, los manglares nos muestran como resistir la voracidad corrosiva de la sal, a su vez, las abejas nos enseñan como organizar la sociedad en solidaridad, sin rastros abusivos de jerarquías inútiles. Cuando todo parece muerto producto de la sequía, el araguaney como un gran maestro nos da clases de resiliencia, mostrando como florecer y pintar de oro los llanos durante las más duras sequías, atosigantes y voraces.
Solo por un instante que dure para siempre, imaginemos una agricultura que aprende del bosque, diversificación de cultivos, regeneración de los suelos sin abusar del uso de los pesticidas, o la construcción de viviendas familiares que copien la ventilación de los comejenes sin el uso del aire acondicionado, estos, aunque construyen casas llenas de agujeros no permiten la entrada del agua soportando torrenciales aguaceros. Todo eso es posible, podemos copiar a las bromelias para almacenar agua, o fijarnos en la manera como los frailejones captan agua del aire.
Mas que una tecnología científica, la Biomímesis propone una reconciliación con la naturaleza, es el Naturacentrismo en pleno ejercicio por lograr una vida mas útil.
Me he puesto a pensar que tal vez no es que la tierra deba salvarse de nosotros, sino, nosotros salvarnos del olvido de las leyes de la naturaleza. La tierra puede regenerarse, es nuestra civilización la que está en riesgo de desaparecer, el colapso civilizatorio es inminente y está cada día más próximo. Tal vez el futuro no esté en construir más, sino, en imitar de mejor manera a la naturaleza que nos sostiene.
Nuestra vida debe estar al servicio de la naturaleza, no al revés. La biomímesis no es una mera utopía científica, es la poesía aplicada al conocimiento de la vida, es la manera de fijarnos en la naturaleza para aprender de ella y copiar de la manera más sublime los sutiles métodos para vivir en armonía con nuestro entorno. En definitiva, es el Naturacentrismo en plenitud. [email protected]
Un abrazo, desde este maltratado pedazo de la tierra.
TORIBIO AZUAJE

