Homar Garcés

El debate público celebrado en Valladolid en 1550 entre los clérigos Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas en torno a las cualidades humanas de quienes habitaban el amplio territorio cedido por el Papa Alejandro VI (nacido en tierra española con el nombre de Rodrigo Lanzol y de Borja), como vicario de Cristo en este mundo, a los monarcas españoles, de alguna manera sigue presente en la realidad contemporánea de nuestros países. Ya no en el terreno de la metafísica, como se acostumbraba en aquellos siglos, apelando a los argumentos contradictorios de la Biblia y la Iglesia católica, apostólica y romana, sino a tesis políticas y económicas que, según sus defensores, nos ayudarán a acabar con todos los problemas que confrontamos a diario y a ocupar el sitial histórico que, desde 1492, se nos ha negado sistemáticamente. Citando a , esta tradición imperial se mantuvo por largo tiempo, a tal punto que, como lo reseña David A. Brading en su libro «Orbe indiano. De la monarquía católica a la república criolla 1492-1867», «el teólogo jesuíta Joseph de Acosta afirmó que la Divina Providencia había plantado riquezas minerales en el Nuevo Mundo para atraer colonizadores, dotando así a la monarquía española de los medios financieros necesarios para defender a la Iglesia católica en Europa, contra el turco infiel y contra el hereje protestante». Esta visión utilitarista de lo que sería luego nuestra América hizo posible el auge y fortalecimiento del capitalismo incipiente, dando a Europa, no sólo a Portugal y España, los recursos minerales y humanos (los siervos indígenas y los esclavizados africanos) que le dieron preeminencia sobre el resto de los continentes; cuestión que mantiene su vigencia en una realidad contemporánea latinoamericana donde se contraponen, una vez más, dos concepciones o visiones respecto a cuál debiera ser su destino: la que la subyuga a un poder extranjero, en este caso, al imperialismo gringo, y la que configura su total emancipación.

Sin duda, la identidad criolla de nuestra América se ha visto sometida, en uno u otro sentido, a los efectos de aquel lejano debate entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas. En el presente, los habitantes de nuestro continente han sido objeto de una piedad civilizatoria de parte del Norte global que cuida de que no sean víctimas de alguna revolución socialista (o comunista) que altere el orden establecido; dando continuidad, de alguna manera, a aquel debate que determinó que los pueblos originarios no eran capaces de actuar por su cuenta como seres humanos si España (y Europa con ella, luego) no los guiaban hacia la civilización. Ahora el turno de tutelar a nuestros países le corresponde a Estados Unidos, en lo que es un nuevo tipo de colonialidad, por lo que es harto necesario escudriñar lo que envuelve dicho concepto; del modo como lo hizo Aníbal Quijano, en «Colonialidad del poder y clasificación social», quien la definió como «uno de los elementos constitutivos y específcos del patrón mundial de poder capitalista. Se funda en la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder, y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia cotidiana y a escala social. Se origina y mundializa a partir de América (…) Con América (Latina) el capitalismo se hace mundial, eurocentrado y la colonialidad y la modernidad se instalan, hasta hoy, como los ejes constitutivos de este específico patrón de poder».

Las nociones que tenemos de nuestra América/América Latina/Hispanoamérica/ Iberoamérica/Indoamérica/Abya Yala/Améfrica Ladina nos impone a quienes vivimos en su amplio territorio la búsqueda y la construcción de una comprensión redimensionada de todo lo que engloban sus historias locales y sus bases políticas, sociales, culturales y económicas. Somos sujeto y contrasujeto de esta definición no acabada de lo que hemos sido y somos en nuestra propia historia, como también respecto a la historia general del mundo. Hace falta, aún, una autorrevelación extendida entre nuestros pueblos que le dé un verdadero sentido histórico a todo lo que integra su historia de luchas y necesidades. Y todo eso podrá lograrse si nos mostramos capaces de extraer de la historia oficial que se nos implantara como la única verdadera los elementos que nos ayuden a superar esa indefinición en que nos hallamos envueltos que pareciera condenarnos a la dependencia y la explotación.

Los hechos que darán lugar a la independencia de nuestra América del poderío español adquirieron una relevancia y una significación proféticas que, tras más de doscientos años transcurridos, continúan marcando el desarrollo y la frustración de las diversas luchas sociales y políticas de cada una de nuestras naciones; muchas veces, sin adentrarse en lo que ellas representan, limitándolas a un marco de referencia local. Por tal motivo, los modos de vida, la lucha y la resistencia propios de nuestros pueblos son, generalmente, envueltos por concepciones ajenas a su idiosincrasia, lo que constituye un rasgo de colonialidad que termina por aceptarse como algo inevitable e irreversible. Como efecto, la naturaleza del vínculo social que caracteriza a nuestros originarios y afrodescendientes -en contraste con el individualismo, la jerarquización, el materialismo y la codicia que promueve el sistema capitalista- es percibida como algo arcaico y un freno que nos impide alcanzar el progreso bajo este sistema.

En su libro “La comunidad autoorganizada. Notas para un manifiesto comunero”, Miguel Mazzeo nos señala: «Queda claro que la subsistencia de relaciones y funciones sociales no reducidas totalmente al capital, no constituidas en determinación del capital, no consumidas por la ley del dinero y la división del trabajo capitalista; la realidad de espacios de subsunción formal mal integrados a escasos (aunque dominantes) espacios de subsunción real, junto a la vitalidad del contenido democrático de diversas culturas plebeyas subalternas –capaces de apropiarse de la potencialidad cooperativa de las nuevas tecnologías–, son fisuras que ofrecen enormes posibilidades para el desarrollo de políticas emancipatorias». Éstas debieran conducir a la constitución de una estructura productiva y política que no sea dependiente del Estado en ninguna de sus formas, como tampoco de alguna organización político-partidista, por muy revolucionaria que ella se considere. Ésta, contrariamente al orden existente, traspasa la mera relación trabajo-capital. Tendrá, por tanto, una incidencia o influencia significativa en el desencadenamiento de una verdadera revolución del espacio público y de la vida que se comparte, en común, en el tipo de sociedad en la que nos ha correspondido desenvolvernos desde nuestro nacimiento. Ello exige, aunque suene una cuestión demasiado repetida y algo insulsa, el impulso al máximo de los niveles de movilización, de participación, de protagonismo y de conciencia de los sectores populares, de modo que sea garantizada la evolución y la continuidad de la democracia, no como ficción en función de los sectores dominantes, como ha sido tradicional, sino en función de quienes se hallan en la base de la pirámide social, de aquellos que, muchas veces, sin conciencia plena, les generan sus excluyentes privilegios de clase.

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