Palestina es, como alguien la definió alguna vez, una astilla de tierra que desaparece. Holocausto, diáspora, persecuciones, estigmatización, destrucción de sus hogares, torturas y muerte (incluyendo a niños) son los signos visibles que han marcado la precaria existencia del pueblo de Palestina desde el momento que las potencias occidentales y el sionismo decidieron que su tierra ya no les pertenecía. Aparte de ello, el obstinado silencio y la tergiversación a que son reducidos estos hechos de forma reiterada en la prensa libre occidental, ha logrado calar en la mente de mucha gente la idea de que son bárbaros y, en consecuencia, no se hacen merecedores de ningún gesto de humanidad. En referencia a este tema, en su ensayo “Sionismo y antisemitismo, dos corrientes que se alimentan mutuamente”, Pierre Stambul expone que “tanto los de izquierda como los de derecha propagan la misma fábula sobre la historia del judaísmo, olvidando incluso decir que una buena parte de las víctimas del genocidio (durante la Segunda Guerra Mundial) no tenían nada que ver con su ideología y eran, a menudo, no creyentes. Para los sionistas, los judíos han sido, son y serán víctimas. Como resultado, son totalmente insensibles al dolor del otro o a la situación en la que se encuentra”. El costo de ello, ha convertido a los palestinos en los parias de la humanidad o, en el peor de los casos, en subhumanos despojados de todo derecho legítimo que pudieran reclamar; satanizados, además, por los escrúpulos racistas y supersticiosos de los cuales hace gala la cristiandad en general.

Los prejuicios divulgados y explotados de manera sistemática por el sionismo, a través de la gran industria cinematográfica e informativa que los replica y legitima, contribuyen a crear la imagen de un pueblo judío que solo aspira a vivir en paz, en la tierra de sus ancestros, aunque la historia revele que el Estado de Israel no era, precisamente, una aspiración común ni generalizada entre quienes profesan la religión del judaísmo, gran parte de los cuales eran y se sentían ciudadanos europeos, a pesar de los pogromos que sufrían cada cierto tiempo en sus países de origen, no únicamente bajo la Alemania nazi, como habitualmente se piensa. El Estado de Israel representa un sistema de poder económico planetario antes que a un pueblo profundamente religioso; lo que marca una profunda diferencia que muchos, llevados por sus credos particulares, no notan en modo alguno y prefieren acogerse a la matriz de opinión establecida respecto a que este libra una guerra santa contra los infieles por la recuperación total de su tierra usurpada.

De acuerdo a esa matriz de opinión (quien la niegue o se oponga a ella, es inmediatamente señalado de antisemita, lo que beneficia ampliamente al sionismo), para muchos, Israel es el único Estado democrático laico en una región dominada por el fanatismo islámico. Sin embargo, esta aseveración queda desmentida al observar el ancho campo de exterminio, o apartheid, instaurado por los cuerpos de seguridad y los colonos israelíes en el territorio de lo que queda de Palestina, sin que haya una acción contundente de la comunidad internacional que lo impida. Esto se hace más manifiesto con la intención de los judíos ortodoxos, colonos y seguidores del Likud mizrahi (judíos orientales) de consolidar a Israel como una nación más apegada a sus preceptos religiosos, más nacionalista y más expansionista, lo que compromete seriamente la delicada estabilidad de la región de Medio Oriente, al sentirse autorizados para ocupar todo el espacio geográfico sobre el cual gobernaran David y su hijo Salomón, entre otros reyes ungidos por el Dios bíblico.

En medio de este panorama, cuando los palestinos ejercitan su derecho a la resistencia no violenta, el interés internacional se hace completamente nulo o inexistente. Sólo se da cuenta de su existencia cuando los grandes grupos informativos (de mayoría accionaria de estirpe judía) resaltan la violencia, los cohetes y los enfrentamientos armados (como ahora) con que reaccionan los palestinos frente a las arbitrariedades y el uso desproporcionado de la fuerza por parte de las Fuerzas de Defensa y los colonos israelíes. Todo con el deliberado propósito de contribuir a su completa deshumanización y, así, conseguir su definitiva erradicación de los territorios que han ocupado desde siempre. Gracias a las frecuentes campañas de desinformación sobre tal realidad, el asedio total ordenado por las autoridades israelíes contra la población palestina de la Franja de Gaza -a pesar de constituir una flagrante violación de todas las disposiciones del derecho internacional en relación con la preservación de la vida de civiles en cualquier conflicto militar- ha provocado una reacción en cadena favorable de mucha gente, respondiendo más al adoctrinamiento religioso que a cualquiera rasgo de imparcialidad y de comprensión objetiva de los acontecimientos; lo que, justamente, requiere el Estado sionista de Israel para proceder impunemente con su estrategia genocida.

Por otra parte, las líneas estratégicas de control político, económico y social a nivel global que trazó la clase gobernante estadounidense, una vez que implosionara la Unión Soviética, coinciden en muchos aspectos con aquellas que, desde hace décadas, está desarrollando el Estado de Israel en su entorno, apuntando al estallido de un hipotético enfrentamiento militar con Irán que le otorgaría el status de máxima potencia en la región de Oriente Medio y, quizá más allá, secundando al sistema imperial global liderado por Estados Unidos. De hecho, la iniciativa de guerra preventiva impulsada por George W. Bush luego de la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York es la misma que el Estado de Israel ha descargado sobre sus vecinos árabes, como pasó con los ataques al Líbano (siendo el más agredido), Libia, Siria e Irak cada vez que sintió que su poder militar podría ser rebasado por éstos. No sorprende, por ende, la respuesta de los gobiernos estadounidense y europeos de apoyar a Israel en su guerra asimétrica contra las organizaciones de resistencia palestinas, interesados como están en obtener el control directo de las fuentes de petróleo que se hallan en dichos países, repitiendo la historia de saqueos y de colonialismo a que fueron sometidos. Esto ha hecho concluir a muchos expertos geopolíticos y militares en que, a la par del conflicto bélico iniciado en Ucrania contra Rusia, Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte impulsan la generación de un caos global que les permita el despliegue de sus tropas o, al menos, la dirección de las tropas de cualquier país bajo su órbita, como ya se ve con la fuerza de intervención en Haití autorizada por la Organización de las Naciones Unidas para contener y repeler las bandas armadas que impiden su estabilización. Cosa similar se percibe en el océano Pacífico, aumentando las tensiones con China, contando esta vez con el concurso del gobierno de Australia. O con Venezuela, a propósito del otorgamiento de concesiones a empresas transnacionales estadounidenses por parte del gobierno de Guyana para la extracción de petróleo en el Esequibo. En todo esto no habría ninguna coincidencia ni hecho fortuito sino la comprobación de que el sistema imperialista global mueve sus fichas, siendo el ataque desproporcionado a la población de Gaza quizás el inicio de una estrategia hegemónica de mayores niveles.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
Hola | portuguesaaldia.com La Plataforma Informativa de Portuguesa Pone a tu disposición Los Planes y Servicios de Publicidad

¿En qué podemos ayudarte?