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Día de la Dignidad Nacional: Se celebra el regreso del presidente Hugo Chávez al poder el 13 de abril de 2002

Homar Garcés  | ¿Quién decide lo que es correctamente aceptable? 

Homar Garcés
Sólo bastan unas cuantas palabras para encubrir y justificar la crueldad y el crimen humano, incluyendo el favor de «Dios» que todo lo abarca (como lo hacen Israel y Estados Unidos). Gracias al discurso manejado por la élites gobernantes, se podrá distraer a las masas subordinadas con problemas y enemigos ficticios, facilitando a las primeras conservar su dominio sobre estas últimas, lo cual hace innecesario, en la mayoría de los casos, el uso de la fuerza física; contando para ello con un arsenal de métodos coercitivos sofisticados que incluyen la propaganda oficial, los espacios informativos y recreativos en radio y televisión, la publicidad comercial, la educación y la religión, entre otros elementos, algunos de los cuales se considerarían inocuos y, por lo tanto, libres de toda sospecha, aunque todos impliquen la práctica de una violencia simbólica que pocos perciben en su justa expresión. De esta manera, los sectores, grupos y estamentos beneficiarios del poder logran eternizar la condición de subordinación simbólica de las mayorías, haciendo de éstas sus principales puntos de apoyo; sin que el resentimiento que las mismas puedan manifestar en algún momento llegue a afectar las jerarquías políticas, sociales, culturales y económicas preestablecidas.
Con Karl Marx esto tiene una interpretación: se trata del concepto de fetichismo o alienación. En su reflexión «Izquierda y religión», Roberto Sáenz explica que «este fenómeno es un efecto real de la estructura social que hace que la determinación de las cosas aparezca de manera invertida, fragmentaria y distorsionada y no como realmente es. Esto es propio de las sociedades basadas en la explotación del hombre por el hombre, donde el desarrollo de las fuerzas productivas no alcanza para liberar a la mayoría del yugo diario del trabajo explotado». Para muchos de quienes se adhieren a la «nueva» ideología en boga, la rehabilitación -a través del odio- de las jerarquías sociales y raciales que tradicionalmente fueran aceptadas como normales y legítimas en el pasado, es una cuestión vital sin la cual no tendrían un punto de referencia que les dé algún sentido a sus vidas. Es algo que está unido a su existencia, exitosa o no, por lo que perciben una grave amenaza a sus centros de gravedad. Las redes internéticas (aunque el neologismo no sea aceptado por la Real Academia Española) no solamente cumplen con un propósito de acercamiento y de conocimiento entre la gran masa humana sino que también han servido para transmitir e imponer una cultura de odio que se ha magnificado gracias a las provocaciones vertidas públicamente por muchos personeros políticos alrededor del planeta que obtienen así réditos de credibilidad, votos y poder que trastornan el más simple sentido común.
En la actualidad, es un hecho común y corriente la tolerancia hacia la crueldad. Esto, sin mucho estudio, demuestra una grave carencia de conectividad humana, de educación crítica y de capacidad para interpretar adecuadamente los nuevos códigos de poder que se imponen a nivel mundial. La pasividad o la indiferencia mostrada por un nada desdeñable sector de la población ante hechos que se han vuelto cotidianos en los medios informativos, como el genocidio sufrido por el pueblo palestino a manos del sionismo israelí y las acciones guerreristas del presidente de Estados Unidos, deja mucho que desear respecto a los valores morales y éticos que muchas personas y gobiernos dicen profesar y defender. En una mayoría de individuos, esta es la exteriorización de su necesidad de obedecer, habituados a un orden que sólo les exige obediencia a cambio de algunos beneficios materiales y la compensación anímica de pertenecer al mismo o, por lo menos, a uno de sus pilares políticos, institucionales, religiosos o económicos. De ese modo, los grupos y clases dominantes implantan y deciden lo que es correctamente aceptable, pero todo de acuerdo a sus intereses, lo que, al ser objetado, les hace activar -como es ya cosa tradicional- sus mecanismos de defensa, persiguiendo y suprimiendo todo tipo de disidencia. Extremando las cosas, se puede afirmar que todo esto conforma una vulneración de los derechos humanos y así tendrá que entenderse en favor de todos, incluyendo a aquellos que lo propician, los que se verán obligados a respetar el espacio y la dignidad de los demás.
Debido a estos antecedentes, hacer que la vida tenga un sentido válido y real implica hacernos revolucionarios contra nosotros mismos y contra el sistema que nos moldea desde niños. Implica, por tanto, esforzarse en abrir y mantener vigentes los espacios de la diversidad y del respeto mutuo. Pero sobre todo, supone cambiar los esquemas o paradigmas que colocan a unos y otros en escalas de dominio, discriminación y explotación, lo que haría de las fronteras y de las guerras políticas, heredadas del viejo sistema de repartos territoriales de la Europa colonialista, un asunto saldado, en beneficio de la paz, la libertad y la prosperidad compartida. Aunque todo esto suene a aspiración utópica.
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