Cuando la obediencia ciega y la normalización del odio sustituyen a la conciencia ciudadana.
Hace 65 años, entre el 11 de abril y el 15 de diciembre de 1961, se llevó a cabo en Jerusalén el juicio al líder nazi Adolf Eichmann. Fue declarado culpable y condenado a muerte por su responsabilidad directa en el envío de millones de judíos a los campos de exterminio; el confinamiento de personas en guetos; y la imposición de daños físicos y mentales sistemáticos. También se le condenó por aplicar medidas de esterilización, el saqueo violento de propiedades, la expulsión forzada de medio millón de ciudadanos polacos y eslovenos, el asesinato de decenas de miles de gitanos, la deportación y ejecución de unos 100 niños checos en Lidice, crímenes de guerra y su pertenencia a organizaciones criminales.
A este proceso asistió como reportera de la revista The New Yorker Hannah Arendt, una de las pensadoras políticas más influyentes del siglo XX. En lugar del sádico monstruo que esperaba encontrar, Arendt observó con sorpresa a un hombre gris. Eichmann no actuaba por odio, sino por una obediencia ciega y sistemática orientada a ascender en su carrera mediante el cumplimiento automático de órdenes. Esta experiencia dio origen a su obra Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. En ella, acuñó dicha expresión para explicar cómo los mayores crímenes de la historia pueden ser cometidos por personas comunes que renuncian a su capacidad de reflexionar y juzgar.
Arendt dio cuenta de la total ausencia de pensamiento en el criminal de guerra, quien jamás reflexionó sobre las consecuencias morales de sus acciones. En pleno juicio, Eichmann se limitó a emplear un lenguaje burocrático, plagado de eufemismos y códigos técnicos que deshumanizaban a las víctimas y normalizaban el horror. Para él, todo se reducía al «cumplimiento del deber»; es decir, a la sustitución de la conciencia moral por la estricta obediencia a la ley vigente, sin importar cuán destructiva fuera. Su incapacidad absoluta para ver el mundo desde la perspectiva ajena demostró que, cuando el mal se vuelve banal, se normaliza a través de las estructuras del Estado. En estos sistemas, los ciudadanos ordinarios se transforman en piezas de una maquinaria de ejecución simplemente por no detenerse a pensar.
En los últimos años, pareciera que en Venezuela se replica este fenómeno por acción u omisión. En algunos casos, ciertos funcionarios públicos —incluidos militares y fuerzas de seguridad— actúan como el ciudadano ordinario que describió Arendt: ejecutan las órdenes de sus superiores sin reflexionar sobre la trascendencia social de sus actos. Aunque no se sitúa al nivel de los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, este comportamiento genera un impacto profundamente negativo en la sociedad venezolana. Ejemplos de ello son la existencia de presos políticos y la persecución laboral dentro de la propia administración pública contra quienes piensan diferente, otorgando tratos de favor a los «leales». Al renunciar al juicio propio y adherirse a ciegas a parcialidades políticas, se termina defendiendo lo indefendible por mera lealtad al grupo; una dinámica que, lamentablemente, también permea con fuerza en sectores de la oposición.
En definitiva, la sociedad venezolana parece vivir una normalización del discurso y de las acciones de odio por parte de todos los bandos. Se ataca al adversario político per se, mientras la ciudadanía lo asume como el status quo, como supuesta «libertad de expresión» o como simples estrategias de poder. En este escenario, se olvida al ser humano y al bien común. Tal como lo retrató Hannah Arendt, nos enfrentamos a la banalidad del mal. Es imperativo que esto cambie por el bien del país y que, en estos tiempos convulsos, nos detengamos a reflexionar el mensaje de la filósofa.
Prof. Miguel Ángel Henríquez Marcano
@profesorMAHM
Profesor Titular Jubilado de la UNELLEZ

