Homar Garcés

Muchos de quienes se oponen a todo cambio en las estructuras políticas, económicas y sociales -defendiendo y proclamando la necesidad histórica del neoliberalismo económico a ultranza, mediante la puesta en funcionamiento de programas autoritarios, como único medio para acceder felizmente a un estado de prosperidad- son los mismos que quieren imponer una teoría «elitista» de la democracia, esto es, una democracia solo aplicable a los sectores dominantes de la sociedad, del mismo modo como se concebía en el pasado cuando únicamente los hombres (no las mujeres ni los afrodescendientes ni los indígenas) tenían derecho al voto, siempre que fueran letrados, propietarios y dispusieran de una renta de cierta magnitud; lo que aseguraba la estabilidad del sistema establecido y el control efectivo de las masas proletarias y depauperadas. Según el criterio común de los portaestandartes de la nueva derecha, la sociedad deberá regirse, en consecuencia, por las «leyes» del mercado capitalista, la «meritocracia» y la «libertad individual», sin jamás ceder espacio alguno al progresismo cultural; como también sostenerse sobre los valores tradicionales que le dan a la mujer un papel secundario y dependiente del hombre, dedicada como sus antecesoras, a los quehaceres diarios del hogar, sin respeto por la diversidad sexual.

«La apología del fascismo se hace en nombre de la democracia y la apología de la guerra en nombre de la paz». Esta aseveración de Boaventura de Sousa Santos coloca a la humanidad frente a una realidad cada vez más creciente y peligrosa que amenaza con socavar y destruir los valores y los ideales por los cuales ha luchado durante siglos, permitiéndose la factibilidad de vivir bajo un régimen libre de opresiones y de desigualdades de todo tipo. No obstante, en un mundo donde las relaciones humanas se han convertido en una mercancía más y el narcisismo digital es la característica principal del estilo de vida de muchas personas, tal amenaza es ocultada y trivializada por los medios propagandísticos de la gran industria ideológica al servicio de los intereses de los sectores dominantes; lo que ha facilitado el encumbramiento de figuras controversiales como Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, o Mauricio Macri y Javier Milei en Argentina, y María Corina Machado en Venezuela (quien gestionó en la Casa Blanca la invasión militar al territorio venezolano para extirpar al chavismo), repitiéndose la experiencia sin mucha variación en otros países, como España. Esto conduce a una intolerancia maximizada que niega, abiertamente, el credo cristiano que muchos dicen profesar, a tal extremo que la vida de los demás seres humanos (migrantes o pertenecientes a otra cultura o grupo étnico o social) no tiene valor alguno para ellos, considerándose a sí mismos superiores a todos ellos, sin avergonzarse de su ideario fascistoide.

De esta manera, se oscila entre una democracia minimalista (impulsada por los apologistas del neoliberalismo que creen necesario despojar al Estado de varias de sus funciones habituales, en especial, aquellas que se relacionan con el orden económico) y una política populista (que anula el pluralismo interno del pueblo, agrupado en torno a un líder carismático, y convierte a los partidos políticos en meras maquinarias electorales); terminando ambas por converger en el punto común de negar la participación popular, lo que es decir, la negación misma de lo que debiera constituir una verdadera democracia. En el caso de la derecha fascistoide, ésta plantea libertad plena de la mano invisible del mercado para que se regulen las necesidades sociales y sea derogado el Estado de bienestar, lo que implica prescindir de la seguridad social y los programas de asistencia. En este punto, la ayuda a los más necesitados sería prestada por las empresas por medio de sus fundaciones de caridad, por lo que sería necesario eliminar los impuestos en beneficio del sector empresarial. Tanto la propiedad privada como los monopolios serán permitidos sin que exista ninguna legislación, como tampoco algún interés colectivo, que les afecte. La libertad individual estará, entonces, por encima de todo, esgrimiéndose que los perdedores (los pobres, al no ser agraciados por Dios) no merecen la atención y el apoyo del Estado y de quienes han logrado escalar («por sus propios méritos») los rangos más altos del sistema económico capitalista.

Además de lo anterior, lo que algunos llaman la nueva derecha azuza los miedos de la gente para ofrecerle recetas mágicas con que superarían la situación de incertidumbre y necesidades en que se hallan. Gonzalo Fiore Viani en su libro «Crónicas sobre el populismo de ultraderecha» refiere que «lo cierto es que mientras el progresismo parece hablarle sólo a las minorías, incorporando un discurso que tiene más que ver con la clase media urbana, sobre-educada y, paradójicamente, mayoritariamente blanca, Salvini, Le Pen, Orbán, Kurz o -fuera de Europa- Trump buscan interpelar a un actor político que parecía patrimonio del siglo XX: el trabajador, específicamente el desempleado, muchas veces debido a que su ámbito laboral se trasladó a algún país con mano de obra más barata. (…) Es innegable que, en los últimos años, la extrema derecha ha logrado volver a ser ‘cool’ para algunos sectores de la juventud. Recuperando incluso el elemento dinámico y anti-sistema del fascismo original. (…) Los extremismos logran interpelar de manera eficaz a los perdedores de la globalización. Captan el descontento con un discurso que arremete contra lo ‘políticamente correcto’, identificando un enemigo común como culpable de todos sus males». Y ello repercute negativamente en la percepción que muchos tienen en relación a que la igualación social promovida por los regímenes de tendencia progresista o izquierdista tiende a una igualación hacia abajo, empobreciendo a todos, sin importar el mérito que tengan algunos; haciendo uso interesado de una propaganda que ya excede los ciento cincuenta años de haberse originado en Europa y que fuera ramificada a nivel mundial durante la época de la Guerra Fría.

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