Homar Garcés
De un modo que debiera alarmarnos a muchos, la estupidez, la intolerancia y el fanatismo se han convertido en las marcas de identidad de muchos políticos, sobre todo ultraderechistas y autoritarios, alrededor del planeta. La peligrosidad de éstas -juntas- es tanta que no solo pueden tener como efecto la destrucción de relaciones humanas sino aún más: la suficiencia de alterar la paz de todo un país y, muy posiblemente, del mundo entero. Para quienes controlan (y aún aspiran hacerlo de una manera absolutista) es esencial incentivar en todas las personas este tipo de mentalidad; en ocasiones, aduciendo una supuesta defensa de la diversidad y de la libertad, pero que, en el fondo, actúan en oposición a lo que éstas significan. En tal sentido, la industria del cine y del entretenimiento de Estados Unidos, replicada en cada uno de nuestros países, convertidos en su zona de dominio extraterritorial más cercana, tiene una vasta influencia en la forma de ser, de expresarse y de sentir de millares de niños, adolescentes y adultos que adoptan sus modas (resultando iguales, pretendiendo ser, paradójicamente, distintos), violencias y estereotipos; convencidos de que forman parte de un estilo de vida único o singular, perteneciente a la época, sin querer percatarse de la absurda manipulación de la cual son objeto en detrimento de sus intereses y de su propia identidad personal, nacional, étnica y cultural.
El autor de «Plusvalía ideológica», Ludovico Silva en una entrevista que se le hizo en 1970, al indagársele respecto al tema de la ideología, expresó que buena parte del fracaso de los revolucionarios latinoamericanos «se debe a no haber atendido suficientemente este terreno de la ideología; habían creído que la ideología se combate con ideología, y no es así: se combate con teoría revolucionaria, con conciencia y claridad, no con consignas. Si las masas llegaran a saber un día –y pueden llegar a saberlo– el grado de miseria mental en que las sume el sistema para su conveniencia, no quepa la menor duda de que sería el momento de la conciencia de clase, que para Marx era precisamente el opuesto de ideología». Este factor esclarece en parte la renuencia de muchos revolucionarios en concederle la importancia debida al estudio de la ideología, entendiendo que a la ideología dominante (de cuya influencia nos hacemos eco inconscientemente) hay que oponerle otra, de extracción popular y revolucionaria; lo cual equivale a engendrar verdaderas discusiones amplias y profundas de la realidad revolucionaria socialista que reflejen contenidos, no la mera reproducción de discursos estériles o manidos, más ganados para una propaganda electoral que para generar entre las bases militantes un auténtico acervo teórico-ideológico de altura.
Vista y entendida la cultura como hecho político, la práctica cultural revolucionaria debe enmarcarse en la lucha de clases, así muchos, como efecto de la campaña de desinformación ideológico-cultural neoliberal, nieguen su existencia y planteen una armonización que, al final de cuentas, desdibuja y acaba por refutar el carácter revolucionario y socialista de cualquier cambio. Es una tarea ardua y, en muchas situaciones, cuesta arriba, dado el auge del uso de internet y, con él, la transmisión masiva y hasta sin muchas restricciones de noticias falsas y de mensajes escasamente racionales, gran parte de los cuales sólo sirven para distraer a sus usuarios de la realidad que viven. Por eso, la práctica cultural revolucionaria tiene que revolucionar la utilización de estos espacios digitales o crear unos nuevos, con contenidos comprensibles que contrarresten la ideologización de los sectores dominantes y que contribuyan a instituir la hegemonía revolucionaria de los sectores populares. La función de la práctica cultural revolucionaria, vista en conjunto, no es sectaria y mesiánica. Ella es fundamental para la comprensión de la lucha de clases y de la memoria histórica del pueblo. No es, por tanto, algo accesorio y dedicado a resaltar la cultura según el modelo y los cánones impuestos por la ideología burgués-capitalista.

