Homar Garcés

Como se conoce, la modernidad hegemónica (impuesta por Europa occidental, valga la redundancia) está integrada por el racionalismo científico, la colonialidad y el capitalismo, siendo éste su elemento más destacado y, en cierto modo, el más atacado de todos, dadas las consecuencias negativas que ha tenido su implementación en cada una de las naciones periféricas de África, de Asia y de nuestra América. Frente a ella, a partir de las últimas décadas del siglo pasado, desde nuestra América, se erige la utopía andina, extraida del Sumak Kawsay y la Pachamama de los pueblos originarios que han hecho resistencia por largos siglos a la colonialidad eurocentrista iniciada con Cristóbal Colón y que, a pesar de las independencias proclamadas formalmente en el siglo XIX, continúa afectando la identidad cultural e histórica de todos nuestros países. Esta utopía andina representa una alternativa emancipatoria desafiante y radical que excede lo habitualmente establecido en lo que respecta a la teoría del Derecho y al sistema de conocimiento vigente, pues se basa en tradiciones, concepciones y prácticas ancestrales que han sido negadas, degradadas e invisibilizadas por los Estados nacionales actuales, del mismo modo que sucediera durante la época colonial. Dicha alternativa emancipatoria supone una ruptura con todo lo que ha significado hasta ahora el modelo de civilización en que vivimos. Plantea la interrelación armónica entre los seres humanos y la naturaleza que los sustenta, sin que se siga viendo a esta como simple proveedora de recursos que generan ganancias; el senti-pensar, diferente en muchos aspectos a lo que es el racionalismo científico; el valor de uso, completamente contrario al exclusivo valor de cambio que prevalece en el capitalismo y, finalmente, la concepción de la naturaleza como sujeto de derechos, siendo una reivindicación indígena de la Pachamama y un verdadero cambio revolucionario, como ya señaláramos, en cuanto a los principios del Derecho.

El trastorno que supuso para los pueblos originarios la concepción europea de la tierra como mercancía y heredad otorgada por el dios bíblico representó, en palabras de Carlos Rivas, profesor de la Universidad Politécnica Territorial del estado Mérida Kléber Ramírez (De la Cultura Comunera al Movimiento Comunero. Los Andes Venezolanos en su largo proceso histórico), «un proceso de re-ordenamiento, territorial, de un re-planteamiento cultural» que conducirá al despojo del territorio ocupado y a la desaparición de sus creencias y demás elementos que conformaban su cultura ancestral. Como reseña Rivas, «la propiedad de la tierra era una concepción absolutamente desconocida por las poblaciones indígenas en los Andes venezolanos, lo común formaba parte del devenir cotidiano, por tanto, el proceso posterior a la llegada del europeo, va a consistir, no sólo en desarrollar la noción de propiedad sobre la tierra y sobre los cuerpos, sino en implementar una cultura del robo y apropiación de la fuerza de trabajo del individuo en resguardo». Con este objetivo, una gran porción de pueblos originarios son desalojados de sus tierras, acusándolos de salvajes e idólatras que no aportan nada para el progreso de la nación, como ocurre con los mapuches en Chile y Argentina; continuándose la tradición etnocida y genocida de los conquistadores europeos.

El liberalismo (y con él, el sistema económico capitalista) ha hecho creer a mucha gente que existen leyes absolutas de evolución del orden, las cuales siempre existirían, independientemente de los distintos eventos que hacen la historia humana. Así, en lo que corresponde a esta realidad, Sally Burch explica que «el neoliberalismo, en lo que tiene de ideología, ha podido presentarse negando precisamente su condición ideológica. De ahí su eficacia, puesto que se trata de un proyecto de dominación que tiene serias dificultades para legitimarse por sí mismo, en razón de que uno de sus componentes intrínsecos es la exclusión. Y de hecho es fácil constatar que su accionar le aleja cada vez más de los objetivos que pretende alcanzar: la modernización y la democracia». Al respecto, solo basta constatar los bajos niveles de participación política de los sectores populares, condenados a ser simple comparsa de quienes se disputan el poder y a ser severamente reprimidos cuando reclaman sus derechos. Otro tanto sucede con el bienestar material, disfrutado a plenitud por aquellos que controlan el poder y la economía mientras que los generadores de sus riquezas se ahogan en problemas y necesidades que no pueden solventar con el exigüo salario que devengan. Con eso a cuestas, se le hace creer a muchos que no existen más alternativas y, por lo tanto, que es herético, irracional e inútil cualquier esfuerzo por alterar el orden establecido.

Con José Carlos Mariátegui de precursor, en nuestra América nació lo que se conoce como socialismo indigenista, uniendo los aportes teóricos generados por Karl Marx y Friedrich Engels y los principios que guiaron la vida en comunidad de los pueblos originarios de Bolivia y Perú. Este tipo de conjugación de aportes teóricos diversos es lo que caracteriza en la actualidad a la mayoría de las luchas y propuestas emancipatorias generadas en el amplio territorio de nuestra América, con una pluralidad de valores que hace prevalecer al pueblo como sujeto capaz de organizar y de transformar estructuralmente todo lo existente hasta ahora, cambiando las reglas del juego para que el poder del Estado esté orientado a proteger los bienes comunes en vez de concentrarse (como lo ha hecho casi de manera exclusiva) en amparar los bienes particulares. Esto daría comienzo a las acciones de un nuevo constitucionalismo transformador donde, entre otras cosas importantes, se le daría rango constitucional a los derechos de la naturaleza como un ser vivo, en una vasta comprensión humanista, que merece igual respeto y defensa que las personas y los animales; en lo que es una exigencia histórica que no puede pasarse más tiempo por alto.

En oposición a estas propuestas y luchas emancipatorias, la lógica de propiedad privada individual nos ha conducido, desde el arribo a estas tierras de los conquistadores europeos, a un determinismo pesimista que nos hace pensar que la especificidad histórica de nuestros países es la de ser una pieza subordinada a los intereses de los grandes consorcios capitalistas internacionales. Ante ello, será preciso generar una propuesta de sociedad donde no se reproduzcan las desigualdades sociales ni las desigualdades económicas que caracterizan el sistema-mundo actual, lo que equivale a darle prioridad a los más preciados valores del ser humano, como lo son la afectividad y la espiritualidad en la organización social y económica, reemplazando, en consecuencia, el consumismo alienante, el individualismo, el egoísmo, la competencia desleal entre las personas, la corrupción y la violencia que son promovidos, en uno u otro sentido, por el capitalismo dominante; lo que supone la tarea de desmercantilizar la vida y producir, por tanto, lo que sería una opción bio-comunitarista, definida por René Ramírez («Socialismo del sumak kawsay o biosocialismo republicano») como «un nuevo pacto de convivencia post-antropocéntrico y trans-estatal». En síntesis: el logro de un cambio cultural revolucionario y profundo; además del establecimiento de una relación armoniosa y de reciprocidad con la tierra.

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