Homar Garcés
Los regímenes vasallos o de servidumbre voluntaria en relación con el imperialismo yanqui que han surgido en Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina entre finales del siglo XX e inicios del siglo XXI le han dado a éste -de la mano de Donald Trump- un mayor repunte en sus nunca del todo satisfechas aspiraciones por ejercer una hegemonía total e indiscutible sobre todos nuestros países. Esto ha servido adicionalmente para situar a las organizaciones y gobiernos progresistas, nacionalistas, de avanzada o, simplemente, de izquierda, en una posición defensiva y, en muchos casos, carente de propuestas reales y viables que frenen el avance y la consolidación de los factores de derecha y ultraderecha, afincados en las deficiencias, los fracasos y las incoherencias de aquellos. Frente a ello, muchos análisis concluyen en que este avance y consolidación de la derecha y la ultraderecha no se deben a que ofrecen una mejor alternativa que sus antagonistas ideológicos, dado que no hacen más que explotar las emociones, las frustraciones y las aspiraciones de las masas, ilusionándolas con supuestas soluciones fáciles e inmediatas, especialmente de índole económicas. Dadas las diversas circunstancias que definen la historia pasada y contemporánea de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, no se puede obviar la existencia de un acoplamiento estructural entre las élites globales y las élites nativas que le permiten a las primeras ejercer un rol de dominación e influencia sobre las segundas mientras estas últimas hacen lo mismo respecto a las mayorías que gobiernan. El vasallaje voluntario o la sumisión política de la mayoría (por no decir, la totalidad) de los gobiernos de nuestro continente al imperialismo gringo es un aspecto que pocas veces ha merecido la atención profunda de historiadores y demás especialistas en cuanto a la comprensión de la complejidad política, económica, social y cultural de nuestras naciones y el por qué de su estado de subdesarrollo. Ello incide, de una u otra forma, en la presentación y vigencia de los postulados de la izquierda revolucionaria, limitados a la realidad del país y de la sociedad, de acuerdo a los parámetros tradicionales, pero sin trascenderla de un modo que sea atractivo para las mayorías, ávidas de disfrute de unas mejores condiciones de vida, pero escasamente entusiastas por futuros que se avizoran lejanos e imposibles.
Los liderazgos mesiánicos autoritarios no aparecen en la escena política como un fenómeno aislado. Tampoco los de tendencia progresista o izquierdista. Ambos son producto del desencanto popular ante las distintas circunstancias adversas que pueden estar padeciendo, por lo que suelen optar por unos u otros, dependiendo, en algunos casos, de si es una reacción contraria o no a quienes detentan el poder. En la circunstancia de las fuerzas de la izquierda revolucionaria es preciso evitar, en la medida de lo posible, el naufragio del fervor revolucionario, por lo que se hacen ampliamente necesarios la presencia y el protagonismo de una masa crítica social consciente y movilizada; lo que no será fácil si no se anticipan adecuadamente los escenarios de confrontación con los enemigos de clase y se superan los escollos presentados con la adopción de unas mayores medidas revolucionarias. Con esto último, se logrará superar exitosamente las ideas simplistas de revolución que se tengan, aparte de colocar en desventaja a las fuerzas contrarrevolucionarias en cuanto a la aceptación popular que pudieran tener.
Nos hallamos envueltos en unas sociedades de consumo capitalista, cuyos rasgos más distintivos son tres tipos de
consumo: de supervivencia, de bienestar y de realización, siendo éste último caracterizado por la búsqueda de reconocimiento y la exhibición de estatus social de los individuos, a pesar de los ingresos desiguales y de los gastos diversos que en algún momento podrían permitirse. Esta realidad sería, entonces, el primero de los muros que le tocará derribar a cualquier revolución de raíz socialista que se planteé la transformación estructural de la sociedad, ya que ella está radicada en la psiquis colectiva como algo ideal y natural. Esto es algo que no se puede obviar en ningún momento, ya que tiende a producir una homogeneización cultural entre todos los estratos sociales, con escasas diferenciaciones entre sí; imponiéndose una corriente de identificación, con significados
compartidos que legitiman el orden imperante. Más aún en la época presente donde impera una ideología del éxito individual, centrada en el individuo y situada por encima de la conquista colectiva de una comunidad en particular. En este contexto no funcionan las ideas simplistas de revolución. Hace falta mucho qué hacer para renovar la conciencia colectiva y convertirla en la principal herramienta de la transformación planteada, eliminando el distanciamiento y la desconexión de los sectores populares. La brecha entre el consumo real y el consumo deseado de los campos populares será, por consiguiente, uno de los escollos más importantes que le tocará superar a la revolución socialista, quizá con un énfasis mayor que el enfrentamiento con las fuerzas reaccionarias en contra.
Le corresponde a la revolución socialista enfrentar las exigencias de consumidores frustrados, los cuales se hallan generalmente acosados por necesidades existenciales y no funcionales que marcan sus existencias, independientemente de cuál sea su nivel social y económico (siendo cualquier cosa menos alguien pobre). Si éstos se sienten colmados y satisfechos, la revolución no confrontará ningún inconveniente, conformándose bloques de individuos elitizados, pero difícilmente podrá acceder a un nuevo estadio de desarrollo que permita pensar en una real transformación de las estructuras políticas, sociales, económicas y culturales. Algo similar a lo ocurrido en Bolivia tras el mandato presidencial de Evo Morales. De ahí que la revolución socialista no puede, ni debe, circunscribirse a términos absolutos. «No puede haber -según lo afirma Esteban Torres en su libro «La derecha vasalla. La trama invisible del poder latinoamericano»- fidelidad duradera del universo de individuos pobres a un espacio político que, pese a haber colaborado activamente en el mejoramiento de su ingreso y su poder de consumo, apuesta por el desarrollo de un tipo de sociedad popular que reprime las expectativas de elevación económica de las mayorías sociales. Este divorcio se acentúa cuando los individuos otrora pobres, luego amesetados (encumbrados), corroboran que no rigen las mismas reglas de contención para ellos que para los miembros de los gobiernos populares». Como se puede colegir, no es tanto el empeño de los factores derechistas en hacer fracasar la propuesta de cambio de la izquierda revolucionaria (gobernante o no) lo que provoca una reacción en contra, pero sí lo que ha sido desde mucho tiempo atrás una cultura de consumo capitalista; por eso se requiere algo más que la reiteración de ideas simplistas que representen a la Revolución.

