En el corazón de las calles de Acarigua, más allá de las anécdotas y el simple folclor, vive el legado de José Ramón Veloz, conocido por todos y para siempre como «Mamajua», uno de los personajes más icónicos y entrañables que ha caminado la ciudad.
Nacido un 14 de Abril de 1918, la vida de Mamajua estuvo marcada por orígenes humildes y una profunda devoción familiar. Era hijo de Julia Veloz y de Carlos Carrillo, un hombre conocido en el pueblo como «El Capitán del Diablo», quien se ganaba la vida como caletero y sepulturero.
Fue precisamente el amor por su madre lo que forjó su nombre popular. Cuentan las historias que, por una lengua enredada, José Ramón intentaba decir «Mamá Julia», pero el sonido que salía era «Mamajua». Un apodo cariñoso que, con el tiempo, se convirtió en su única identidad para el pueblo que lo vio crecer.
La tragedia llegó joven. En 1933, cuando él apenas tenía 15 años, su madre Julia falleció a la edad de 40 años. Este evento marcó un punto de inflexión en su vida, pero también le dejó una herencia que sería su sustento: un par de casas de bahareque y zinc en un barrio local, descritas por quienes las recuerdan como parecidas a «una cuevita chiquita». Con una visión práctica admirable para su condición, Mamajua vivía en una y alquilaba la otra por la módica suma de veinte bolívares mensuales, un dato que hoy nos habla de otra época.
Físicamente, Mamajua era difícil de ignorar. Alto «como una jirafa» y de contextura gruesa, era una presencia familiar para los acarigueños. En sus últimos años, ya como un hombre setentón, cargaba con el peso de una dolencia crónica y debilitante: la elefantiasis, que hacía de su figura aún más distintiva y de su diario vivir un acto de resiliencia.
Más allá de las dificultades, Mamajua se ganó un espacio en el afecto popular. No era solo un hombre de lengua enredada, como algunos recordaban; era un personaje que formaba parte del paisaje humano de la ciudad, un ícono de una Acarigua más sencilla y comunitaria.
Su historia es un recordatorio de que la identidad de un pueblo se construye no solo con grandes hechos, sino con las vidas singulares de sus personajes. Mamajua, José Ramón Veloz, no fue una simple anécdota; fue un hijo, un sobreviviente y, sobre todo, un vecino inolvidable cuyo recuerdo sigue susurrando en la memoria de Acarigua.
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