Homar Garcés
En Venezuela -un país donde nadie puede demostrar ser puro de sangre, al estilo de los nazis- no debiera aceptarse ninguna referencia racista, así se crea que ella es divertida o tradicional. Menos aún si esto se hace convirtiéndola en un elemento político, lo que la haría, más bien, parte de la lucha de clases, enfrentando a quienes se consideran a sí mismos la élite ilustrada y mejor capacitada de la nación mientras el común de la población sería un derivado o compuesto de seres menesterosos y primitivos, destinados a las labores rudimentarias y rutinarias de las empresas y a servir de carne de cañón toda vez que lo requieran los intereses capitalistas y el «patriotismo» del estamento gobernante. Entonces, recurrir al recurso del racismo es fomentar una división sobre la base del color de la piel y del extracto social en que se nace. Algo que recuerda mucho las escalas sociales y raciales utilizadas durante el dominio colonial en nuestro país, siendo abolidas en la práctica por la guerra de Independencia, la Guerra Federal y las distintas revueltas armadas que tuvieron lugar durante la mayor parte de la historia del siglo XIX.
Lo ocurrido durante estos últimos veinticinco años de la historia política venezolana, cuando se ha resaltado al racismo como identidad ideológica de la extrema derecha, etiquetando a los chavistas de hordas, monos y otros calificativos despectivos, niega por completo los avances legislativos, culturales y pragmáticos que se hayan logrado en materia de igualdad social hasta tal punto de lograr que las enseñanzas religiosas sobre el amor al prójimo rueden por completo, reflejando una completa contradicción de aquellos que aparentan estar más apegados a los principios cristianos y democráticos que sus oponentes políticos. En el fondo, esto no hace más que indicar que los «demócratas» de la extrema derecha jamás han conceptuado a los hombres y las mujeres de los sectores populares como sus iguales y solo cuentan a la hora de atacar al gobierno nacional y de conseguir su respaldo electoral. Máxime al recordar cómo hicieron todo lo posible para que en Venezuela hubieran, casi simultáneamente, un estallido social, un caos económico, un estado de total ingobernabilidad, una migración masiva forzosa, un bloqueo internacional y una intervención armada de parte del imperialismo gringo. Ahora vuelve la extrema derecha a repetir, una vez más, su desastrosa estrategia de desestabilización, creyendo que, al dejar aflorar su carácter racista, será apoyada por los sectores hegemónicos de Estados Unidos y de la Unión Europea para hacerse del poder, sin muchas dilaciones de por medio.
Al echar mano del racismo como elemento político para intimidar y atacar al chavismo, la ultraderecha demuestra una pobreza intelectual extrema y un total desconocimiento de la historia venezolana y de lo que este representa en una nación caracterizada por su amplia diversidad étnica y cultural. Al igual que nazis, sionistas y supremacistas, la derecha extremista solo reconoce la validez de sus «argumentos» y su apetencia de poder. Por eso tiene mucho en común con sus patrocinadores internacionales, entre ellos Estados Unidos y se atreve a manifestar públicamente su misoginia y su repulsión hacia aquellas personas que considera inferiores y, por tanto, sin derechos que puedan serles reconocidos.

