Asistimos ante una sociedad que se encuentra desprovista en gran parte de valores éticos y morales. El consumismo voraz unido a la falta de orientación sobre una cultura educativa, ha hecho proliferar todo un sistema de vanidades y falsos principios de convivencia. Nuestra familia ha cambiado y con ella el conglomerado que engloba todo su ecosistema.

Desde los primeros días de la infancia ya es normal que a los bebés no se les arrulle con los cantos maternales ni el calor de seguridad que brinda el regazo de la madre; todo eso ha quedado atrás ante las pantallas laptop o teléfonos celulares donde se les proyecta cualquier cantidad de programas infantiles sin un solo ápice de certeza de que sean tales. Anteriormente se criticaba el carácter alienante que producía la televisión y por ende nuestros padres controlaban las horas dónde y cuando podíamos verla; imagínense ahora donde aún un recién nacido no entiende nada y de una vez queda hipnotizado ante sonidos y figuras creadas para ir generando en el cerebro su atraso y dependencia a las redes.

Este consumismo mediático que viene a apaciguar la ardua tarea de los padres de hoy, ya que esto se hace en beneficio de tener paz y tranquilidad y no lidiar con las travesuras de niños normales. Ya hay más que una simple alienación; ahora hay dependencia total a estos sistemas de embobamiento del ser humano.

Ah, pero es que colateralmente si usted no lo hace, pues es un padre desfasado y fuera de contexto. Es decir, tal actitud es un esnobismo impuesto y es pauta a seguir como regla moral. Allí el ego comienza su trabajo porque entre adultos se esmeran por tener las mejores marcas de equipos electrónicos como tables, laptops o celulares. A mayor estatus social, pues mejores marcas manejarán esos bebés ataviados de otras menudencias que hacen gala de su formación intelectual. Igualmente, el ego negativo se acrecienta en aquellos que por pobres no pueden o no tienen con que acceder a tal estatus social, donde deviene ese carácter de necesidad más allá del hambre, la necesidad de lo virtual y dónde esa necesidad puede llevar a niveles de inestabilidad emocional en el hombre del mañana. Tal es la situación, que observamos a diario como cierto grupo de jóvenes y algunos no tanto, cuando apenas aflora la oportunidad de cierto poder otorgado por su fórmula de ser adulantes y sometidos a la repetición de consignas sin ni siquiera tener claro que es nada, pues en ese tipo de personajes se vislumbra esa exacerbación de ese ego frustrado. Pasan a ser arrogantes, se consideran superiores y lo peor, creen haber obtenido un pasaje a la realeza e idoneidad del conocimiento sin esfuerzo. Comienzan a descubrir que existen determinadas marcas de ropa, zapatos y vehículos; y dada su holgura económica ganada sin esfuerzos sino por esa ilustre condición de enchufados, dan rienda suelta a su uso desproporcionado y faltos de etiqueta, los que los hace lucir ridiculos y hasta tierruos. Ese ego que acompaña hoy en día a muchos de nuestros gobernantes o adláteres de cargos, sea por nepotismo o amiguismo político, es una herencia creada por este socialismo del siglo XXI, llena de banalidad y pobreza mental. Donde googlear significa investigar y llegar a lo profundo del conocimiento y el pantalleo en camionetas de alto precio connota a una clase social desubicada, ya que a pesar de tener mucho dinero no son aceptados por las familias de abolengo y dentro del entorno donde se criaron los odian por insoportables y creerse más que sus ex amigos de infancia a quienes denigran y echan en cara sus kilates de pobres ricos de oficio.

Ese ego servil y jalabolista asegura cualquier integridad de valores a cambio del precio de la conciencia que no es comunitaria ni mucho menos está al lado de nadie y menos contigo. Ese ego sobre lo material para exhibir cuando nunca se tuvo nada también ataca a quienes fungen de testaferros y acreedores de favores mundanos. No solo se trata de funcionarios a la orden de un equipo ineficiente, sino de una horda de corruptos que vienen descubriendo que existe el mundo y la dolce vita a costillas de un Estado al servicio de estas élites de poder que supuestamente garantizan su hegemonía.

Los egos son tan indelebles como cualquier fortaleza construida sin bases sin esfuerzo; de allí que fácilmente sucumbirá con el simple soplido del viento, tal como lo narra el famoso cuento infantil de los tres cerditos. Poco a poco esos egos verán latir aceleradamente el corazón de la razón y la templanza, y quedaran abatidos por la fuerza de la justicia social ética y de moral; porque todavía queda librar esa batalla contra los facilistas y serviles gobernantes de turno. El reloj solo recuerda su tic tac.

Rafael García González

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