Etimológicamente la palabra deriva del verbo en griego antiguo “krinein”, cuyo significado es juzgar para tomar una decisión y cuyo sustantivo “krisis”, significa juicio, decisión.
De manera que es más un concepto jurídico que económico o de salud. Evidentemente, una crisis traduce un estado de dificultad de una persona, una realidad social o estado de las cosas.
Hemos escuchado este concepto como unido a una particular forma de ver el destino desolador de los países y su gente. Enmarcado generalmente en esos aspectos de la economía; ese juicio o proceso de cambio conlleva una pesada carga cuando se hace presente o se agudiza.
Atravesamos diferentes estadios de la vida humana donde también este adjetivo se iguala a ese proceso. Conocemos la crisis de la infancia a la adolescencia, de ésta a la irreverente juventud, y de allí pare de contar momentos. La crisis de los ‘40 o de los ‘50, refuerza parámetros de existencia que luchan por retroceder el tiempo sin discriminación de género. Mantenemos una férrea lucha contra los años que inexorablemente nos atraviesan por ósmosis y van dejando sus huellas ancladas en recuerdos.
Estas crisis vienen dadas por añoranzas de viejos tiempos mejores y de un mundo que nos arropa cuando creímos que éramos la sustancia indestructible o los únicos dueños de la verdad.
Empero, hoy día han sido creados en la realidad del metaverso, una realidad paralela que juega al anonimato participativo y como en un espejo queremos vernos allí a pesar de los años vividos.
El sentirnos jóvenes y activos supera cualquier espectativa, se acrecientan los textos de autoayuda, hay más personas en los gimnasios, la moda se adueña de los espacios y el malabarismo entre lo espiritual y la verdad, hacen gala de la existencia.
Esto pareciera parte del cuento, porque hay otra realidad real en este crisis existencial del hombre.
La pobreza toca las puertas cada día a mayores hogares, las ideas se fugan y los destinos parecen quedarse de vuelta sin que podamos hacer nada.
La indolencia ante determinadas circunstancias, toca lo inerte de lo vacío y banal. La calidad de vida, por lo menos en nuestro país va en declive.
Las gentes se mueven casi sin rumbo semejando los sombies de walking dead; la esperanza de una vida planificada al estudio de los hijos con miras a la superación, ha sido cambiada por una dosis de nacionalismo mal entendido.
Vitoreamos al socialismo o a la izquierda y derecha, sin tener idea ni bases teóricas de lo que se dice. Vemos que un número superior al 80% de nuestros jóvenes en nivel de bachillerato no saben leer y menos escribir, y no decir de un cúmulo de profesionales con Maestrías y Doctorados, que ni siquiera han leído Doña Barbara o mínimo al Principito.
Apenas ayer se cumplían 200 años de la pieza poética escrita por el Libertador llamada “Mi Delirio sobre el Chimborazo” y preguntemos cuantos de esos profesionales conocen más allá de la publicidad del evento convocado por el Presidente en Caracas. Asistimos a un bolivarinismo con minúsculas, porque hemos apagado sus luces y la moral, pues vayamos a saber que la hemos hecho.
Así que la crisis como un juicio a nuestra realidad, nos toma por sorpresa y habita en cada desidia y en esa manera desaforada de aceptar lo malo. Vemos que hay personas y hasta grupos organizados que se hacen llamar “los cocos secos”; pues en verdad no debe sorprendernos porque si hacemos gala de ello, definitivamente estamos vacíos de ideas y de pensamiento que es a lo que alude esa expresión a mi modo de ver peyorativa y chabacana.
Pero esta es la crisis, la verdadera inducción a no pensar ni ser críticos, a mirar a través de una realidad de metaversos con rigurosidad de dogma. Hoy más que nunca diríamos QUO VADIS.
Rafael García González
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