José Gregorio Palencia

José Gregorio Palencia Colmenares.
Escritor, poeta, productor digital,
Conferencista, articulista de medios.

«La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte.»
Václav Havel

Los venezolanos, sin pretenderlo, nos hallamos en el epicentro de un mundo poderosamente tentado a destruirnos. Somos la mayor fuente de energía fósil del planeta, según la narrativa global, y poseedores del agua, recurso aún más sagrado por ser la fuente privilegiada de la vida.

Escribo desde mi humanidad y desde la pena de sentirnos, como conjunto, tan irresponsables ante lo que poseemos. No es una angustia fútil ni vana; es la conciencia lúcida de quien habita un territorio que, por su riqueza vital, se convierte en el eje de tensiones que amenazan con desgarrarnos. Venezuela no es solo un país; es un símbolo geopolítico. Estar en este epicentro no es una casualidad, sino una responsabilidad histórica que, desde mi oficio de escritor, asumo con la palabra.

La impotencia del individuo frente a fuerzas que parecen imparables es una de las marcas de nuestro tiempo. Como en las cavernas, la herramienta sigue siendo el espejo de quien la empuña. Si la humanidad está tentada a su propia aniquilación, no es por culpa de la tecnología, ni del petróleo, ni del agua. Es por lo que reflejan esos espejos: codicia, soberbia y un olvido sistemático de lo esencial.

Sin embargo, existe otro reflejo posible: el de quienes nos negamos al silencio. Desde la aparente periferia, alzamos la voz para advertir que el rumbo actual es insostenible. Ese gesto, pequeño en apariencia, es el germen de la conciencia colectiva.

Aunque como individuo no puedo alterar las fuerzas geopolíticas que se ciernen sobre Venezuela, la historia nos enseña que el porvenir no solo lo escriben las masas, sino la fuerza moral del sujeto que se yergue como baluarte ante la barbarie. Existe una memoria sagrada en el intersticio de lo racional y lo espiritual: es la entrega del Cristo sobre el madero, donde la naturaleza del árbol y la carne del Cordero se fracturan para sostener el perdón universal.

En esa misma periferia de lo absoluto emerge la figura del bonzo. Su inmolación no es un acto de desespero, sino una «quietud flamígera»; el uso del propio cuerpo como el último recurso de protesta, transformando el dolor privado en una denuncia pública irrevocable. Finalmente, hallamos la epifanía de la Plaza de Tiananmén. Allí, el heroísmo nació de una humanidad espontánea: un hombre, cuya única armadura eran dos bolsas de mercado, detuvo la maquinaria bélica al comprender que su sola presencia era el límite metafísico del poder.

Desde esta posición geográfica y existencial, observo con angustia cómo la humanidad, tentada por su propia fuerza, se encamina hacia la autodestrucción. Lo que más duele no es la magnitud del peligro, sino la certeza de que, como persona, solo puedo elevar la palabra para intentar detener esta locura. Es la dura constatación de que el conjunto actúa con una irresponsabilidad que raya en lo criminal.

Aun así, con cada palabra y cada libro, persistiré en recordarnos que la vida es más trascendente que el poder, y que la humanidad es más importante que cualquier imperio.
Ojalá nos vaya bien.
Sean felices, es gratis.
Paz y bien.

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