Homar Garcés

Cuando el fascismo (que es decir también la derecha o el conservadurismo o el liberalismo) se disfraza de revolución, el pueblo no tiene ningún protagonismo ni tampoco una influencia significativa en lo que atañe a la dirección y el destino de la nación. Tan solo sirve de telón de fondo, de espectador pasivo y, en el peor de los casos, de carne de cañón, según lo determinen los intereses de las castas o las clases gobernantes. Aunque a éstas les guste resaltar en sus discursos la preeminencia de la soberanía y los derechos populares, lo cierto es que solo repiten lo que ya hicieron durante el pasado siglo Benito Mussolini, Adolf Hitler, Josef Stalin, Pol Pot y las varias juntas militares que surgieran en nuestra América (instigadas por el imperialismo gringo) desembocando en la instalación de regímenes donde no cabían la disidencia, el ejercicio de una verdadera democracia, la tolerancia y la justicia de un Estado de derecho. En el mundo contemporáneo, algunas de estas actitudes y prácticas de lo que generalizaríamos como ultraderecha (o grupos fascistoides) se han extendido también al campo contrario, la izquierda o progresismo, lo que ha desdibujado la frontera ideológica que existiera tradicionalmente entre una y otra, sin mencionar la «coincidencia» en ambas con relación al tema económico.

El ejemplo más a la mano lo representa la retórica utilizada por la clase política de Estados Unidos, envolviendo al mundo en una lucha del bien contra el mal, en la cual los buenos son, por supuesto, los gringos y los malos todos aquellos que no acaten su destino manifiesto, como hijos predilectos que son de su dios bíblico. Ello le ha servido como justificación a la cúpula política-militar-económica para adjudicarse una dominación que no admite grandes cambios dentro de sus fronteras que puedan dañarla de algún modo, al mismo tiempo que pueda extenderse fuera, imponiendo su manera de entender la democracia y sus «valores» culturales (o american way life). Para muchos, la presidencia de Donald Trump hizo aflorar lo que son dichos valores, con un lenguaje y un comportamiento misógino, racista y supremacista sin ambigüedades que luego fuera copiado, entre otros políticos, por la dirigencia de Vox en España y Jair Bolsonaro en Brasil, fijándose una especie de patrón que, ahora, se hace presente en Argentina con Javier Milei, Viviana Canosa y El Dipy, antecedidos por Mauricio Macri. En Venezuela, la oposición ultraderechista ha querido implantar tal patrón, con alguna estética transgresora, como el uso de la imagen de Simón Bolívar y la bandera y el escudo nacionales, contando para ello con un respaldo mediático con que se busca mermar el respaldo popular del gobierno de Nicolás Maduro. Todas estas expresiones de la ultraderecha tienen su génesis gracias al clima de frustración social que sufren, principalmente, quienes se ubican en las clases medias-bajas de la población, afectadas por una elevada inflación y unos altos niveles de pobreza, producidos, en gran parte, por la aplicación de medidas económicas de corte neoliberal.

En «Fascismo, fascistización, antifascismo», su autor Ugo Palheta, sociólogo y profesor asociado en la Universidad de Lille (Francia), observa que «en tanto movimiento, el fascismo se desarrolla y gana una gran audiencia presentándose como una fuerza capaz de desafiar al «sistema» restableciendo al mismo tiempo «la ley y el orden». Es esta faceta profundamente contradictoria de revuelta reaccionaria, mezcla explosiva de falsa subversión y de ultraconservadurismo, la que le permite seducir a franjas sociales cuyas aspiraciones e intereses son esencialmente antagonistas. Cuando el fascismo llega a conquistar el poder y a convertirse en un régimen (o, más precisamente, en un estado de excepción), tiende siempre a perpetuar el orden social independientemente de sus pretensiones «antisistema» que, algunas veces, llegan a presentarse como ‘revolucionarias’». Como se ha visto hasta ahora, el desplazamiento hacia la derecha de la derecha -algo que parece extenderse triunfante en nuestra América, acompañado, en algunos casos, como en Brasil, de un catolicismo y un evangelismo conservadores- rebasa el marco de principios tradicionalmente observados como son el pluralismo, el respeto de las instituciones representativas, la igualdad formal ante la ley y el respeto a los derechos humanos; en fin, establece un discurso de desdemocratización que atrae a un segmento nada desdeñable de personas resentidas con lo que ha sido la tendencia neoliberal en nuestro continente y su contraparte, las opciones progresistas que surgieran a finales del siglo anterior.

En su configuración destacan tres factores: la aparición de un outsider del escenario político, la convicción de que existe una separación profunda entre los ciudadanos de a pie y los representantes políticos (a quienes se acusa de ser los culpables de la corrupción gubernamental, de mantener un estilo de vida ostentoso, del auge de inseguridad, de la permisividad con los inmigrantes ilegales y de la situación crítica de la economía local) y, como resultado de éstas, la conformación de una fuerza antisistema. Además, se deslegitiman los derechos universales y de organización colectiva garantizados constitucionalmente, haciendo ver que lo pertinente es poner en primera instancia la iniciativa individual mediante emprendimientos liberados de todo control estatal, eliminándose todo tipo de subsidio social a las personas y familias de bajos recursos económicos, por estimar que son causa del atraso del desarrollo en que se encuentra el país. Como lo expone Ugo Palheta, «el fascismo no es solo una respuesta desesperada de la burguesía frente a una amenaza revolucionaria inminente, sino la expresión de una crisis de alternativa al orden existente y del fracaso de las fuerzas contrahegemónicas». Una cuestión que amerita, desde el campo revolucionario, más que simples analisis o señalamientos, muchos de los cuales lo que hacen es recalcar los viejos clichés heredados de la izquierda que calcara lo pregonado desde la Unión Soviética, impidiendo una mejor comprensión de las realidades de nuestros países.

El desmantelamiento de la democracia social, la pérdida del papel de los partidos políticos tradicionales como organizaciones mediadoras entre las ciudadanías y el Estado liberal, y la imposición de una sociedad de mercado y de consumo que parecía beneficiar a todo el mundo -con unas fuerzas de izquierda que no atinaban a definir el conjunto de transformaciones, tanto en el ámbito político como en el social y en el económico, que comenzaron a gestarse entonces- sirvieron de caldo de cultivo para que se produjeran grandes convulsiones sociales, como las ocurridas en Chile y Francia no hace mucho tiempo. Estas grandes convulsiones no obstante su impacto en la opinión pública no avanzaron más allá de su horizontalidad desorganizada y de los objetivos inmediatistas que los motivaron. Sin embargo, son indicativos del nivel de deslegitimación social que, desde mediados del siglo XX, caracteriza al sistema-mundo imperante.

Tomando en cuenta el caso argentino, el ex vicepresidente Álvaro García Linera sostuvo que «las promesas de justicia e igualdad no se están cumpliendo, entonces, si desde el progresismo nosotros no somos capaces de entender eso y de dar respuestas concretas y rápidas que resuelvan la angustia e incertidumbre que corroe el alma colectiva, lo va a hacer alguien. Y en este caso, ese alguien fue la derecha más cavernaria, el neoliberalismo salvaje que tiene respuestas a problemas complejos». El divorcio de las elites políticas y económicas y la ciudadanía que confiara en su gestión para resolver los problemas más acuciantes ha servido de plataforma a esta nueva derecha. La gente no se conecta con el discurso que señala la conquista de un espacio más igualitario, democrático y equitativo mientras ve cómo estas mismas asumen un estilo de vida totalmente distinto a lo que predican, dejando a sus confiados electores en una incertidumbre y decepción crecientes, a medida que no halla soluciones a sus diversas necesidades materiales. Muy diferente es su reacción al simple mensaje y, en apariencia, desideologizado de quienes se exhiben como políticos de nuevo cuño, adoptando el recetario neoliberal como solución a todos los problemas existentes, más allá de lo que este ha sido desde que comenzó a implementarse. Todo eso obliga a generar movimientos sociales de resistencia defensiva que apunten a disminuir la apatía y la despolitización de una porción significativa de personas, lo cual pasa por producir serios debates que no se estanquen en la defensa ramplona de puntos de vista obsoletos o poco ajustados a la realidad contemporánea sino que estos sirvan para que surja una verdadera propuesta de transformación que contribuya a profundizar el ejercicio de la democracia en vez de permitir su total disolución.

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