“Si se siembra la semilla con fe y se cuida con perseverancia, sólo será cuestión de tiempo recoger sus frutos”.
Thomas Carlyle
En plena montaña, bajo el rigor imponente de la vida natural, en las entrañas verdes de los Andes venezolanos, al piedemonte de esta patria adolorida, donde las nubes se besan con las cumbres y la tierra exhala un aroma a promesa incumplida, nace el café como una invitación a la vida.
Todo comienza a paso de esfuerzo campesino, ese sublime ser, olvidado por los que mueven los hilos del mercado y del poder, guardián callado de la ladera y la montaña, que con manos curtidas por el sol y la lluvia, siembra la semilla buscando el mejor lecho de humus fértil y vivo. Imagina a los viejos Ramón y Andrea, que pueden vivir en su finca de Táchira, Lara, Portuguesa o en el histórico Trujillo. Imagínalos soterrando la semilla en la tierra negra como el petróleo que duerme muy abajo en el subsuelo, murmurando oraciones a San Isidro y otras deidades, mientras la semilla, diminuta como una lágrima de rocío, se entierra para nacer un día en que la vida nos sorprende. Algunos días después, brota el cafeto, una chapola que no es mas que un retoño frágil que el campesino arrulla, mima y protege como a un hijo; lo poda con tijeras oxidadas, lo protege de plagas con oraciones a sus santos devotos, remedios caseros de cal y ceniza, lo riega con el agua pura que baja de las quebradas y riachuelos, ayudados por las lluvias que el cielo nos regala.
Ese maravilloso viaje del café nunca se detiene. Cuando el fruto madura en exuberantes racimos de bayas rojas como corales, que simbolizan un Caribe imponente, el campesino sube la montaña apenas despunta el alba, con su canasta al hombro, su machete afilado y su alegría que lo cubre vida, cosechando cada grano a mano, para no herir la planta que le da el sustento diario. Esa planta es su hermano mayor y él lo sabe, por eso lo cuida como un integrante más de su familia numerosa. Está tarea simula un baile acompasado con la naturaleza; selecciona solo lo mejor, los granos madurados por el sol y la lluvia, desecha lo imperfecto, y entre gritos, jopíos, silbidos y susurros, sigue sudando bajo un sol que quema como venganza de los dioses de la montaña andina y el bosque de café.
Mas tarde, sin perder el tiempo y sin quejarse de la dura vida, en el beneficio rústico de su finca —un galpón de tablas y zinc improvisado—, descubre los granos y los fermenta en tanques hechos con su propias manos e ingenio, luego los lava hasta lograr sacarle el brillo de las perlas montañeras.
Sin descanso el grano sigue su ruta, al sol o en secaderos diseñados por su ingenio innato, los seca, luego los trilla, moliéndolos después en molinos manuales que giran con el eco de cantos de fé y amor de patria, de monte y de montaña fresca y adictiva.
De esta manera el campesino transforma el sudor en oro verde; ofreciendo el café verde, listo para internarse en otras latitudes del mundo que siempre espera algo bueno. Escuchen, el campesino no es solo sembrador; es el puente, es el que mueve la parte más ruda de este asunto. Empaca los sacos y en mulas, motos o cargueros, trepan senderos y se desliza en laderas imposibles hasta la carretera, donde otros los llevan a tostadores en la ciudad opulenta que golpea tu ser. Son otros, son extraños los exportadores en Puerto La Cruz, La Guaira o Maracaibo. De allí, aquellos maravillosos granos que llevan dentro nuestra vida rural y campesina, cruzan océanos en bodegas frescas hacia mercados globales de París, Tokio o Nueva York, donde tuestan los granos hasta que despiertan su alma convertida en una aroma mágica que lo envuelve todo, los muelen finos y los envasan en bolsas elegantes, bonitas. Pero allá desconocen el sudor, las plagas y los riesgos que los hombres y mujeres de esta tierra hermosa, viven y sufren en su ritual de vida.
Finalmente, los granos que otrora fueron nuestros, llegan a los anaqueles del mundo, mientras en Venezuela, se posan en las tienditas de barrio o las cocinas de casas de la gente humilde, donde una madre vierte agua hirviendo en una manga o coladora y una taza de peltre.
Así es el transitar de un grano que una vez Ramón y Andrea soterraron en la tierra fértil. Así culmina la ruta; en un sorbo que calienta el pecho y nos da la fuerza necesaria para el día, convertido en un elixir que lleva en su interior el sabor de la montaña, el esfuerzo del campesino y el pulso de la Venezuela de trabajo. Sin sus manos, no hay taza. Ramón, el de Táchira lo sabe; aunque muchos ignoran la travesía que debe recorrer el campesino para garantizar que puedas disfrutar de un buen café. Cada grano es su legado, transformado en un hilo invisible que abraza y une la siembra con el placer de un mejor trago; el trago de café que te despierta. [email protected]
Un abrazo, desde este maltratado pedazo de la tierra.
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