En palabras sencillas, el necrocapitalismo es la obtención de ganancias empresariales a través de las situaciones originadas por la violencia urbana, la guerra, el narcotráfico internacional, la migración forzada y el tráfico y la explotación laboral y sexual de mujeres y niños, además de las epidemias tipo Covid 19; el cual es auspiciado incluso por gobiernos aparentemente democráticos o están relacionados con él, algunas veces bajo el ropaje del combate al narcotráfico y la delincuencia organizada, de la seguridad nacional, de la ayuda humanitaria y del progreso económico. Esto incluye un proceso de reingeniería demográfica a escala de regiones y naciones enteras que ya es admitido de forma pública por los grupos minoritarios hegemónicos que controlan el poder político, militar y financiero en la mayor parte del planeta, sin ningún remilgo moral y sin adoptar un lenguaje que oculte sus verdaderas intenciones. Esto ha hecho que sea posible anunciar y llevar a cabo, por ejemplo, la agresión militar imperialista de Estados Unidos contra Venezuela o el exterminio total de la población palestina sin que la Organización de las Naciones Unidas ni la mayoría de los gobiernos del mundo logren contener y eliminar los planes genocidas y de apropiación territorial del Estado sionista de Israel; o que, citando el mismo caso, los gobiernos de Estados Unidos y de la Unión Europea incrementen la ayuda económica y el suministro de armas a Israel a sabiendas de los crímenes de lesa humanidad cometidos contra la población de Palestina y de la agresión sin argumentos válidos a sus vecinos del Medio Oriente, entre ellos, Irán, bajo la complacencia de aquellos.
También cabe citar la instrumentalización de la «ayuda» brindada a Haití desde hace unas cuantas décadas atrás para su estabilización social y política lo que se ha traducido en una intensificación de la pobreza y de la inseguridad a manos de bandas armadas y policías corruptos. Ahora, en países como en El Salvador y Ecuador, la lucha contra la delincuencia se ha esgrimido como arma de guerra, calificándola de antiterrorista, lo que ha permitido a sus presidentes la militarización de la misma, con métodos que son violatorios de cualquier Estado de derecho y que reproducen los aplicados por las diferentes dictaduras fascistoides de los años 70 y 80 del cono sur; cosa que ya se viera en Colombia con las presidencias de Álvaro Uribe Vélez e Iván Duque, bajo el amparo del Plan Colombia diseñado por el Pentágono yanqui. Otro caso que merece atención en este sentido es México donde sus gobiernos no han podido frustrar el auge de los cárteles de la droga y el asesinato de periodistas y de dirigentes políticos y comunitarios, a lo que se suma la sistematización de la persecución, represión y detención de quienes defienden su derecho a la tierra y la preservación de espacios naturales ante la avaricia de empresas nacionales y transnacionales; convirtiéndose en una realidad en común con varias naciones de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica. Una cuestión que, en un sentido general, pareciera pasar por debajo de la mesa para muchos analistas y agrupaciones de izquierda que revisan la actualidad con parámetros del pasado.
Hay que tener en cuenta que este necrocapitalismo no es algo que surgió de la noche a la mañana. Su origen pudo ser (como algunos sugieren) un plan macabro previamente ideado por los grupos minoritarios financieros y políticos hegemonistas que siempre han ambicionado un control ilimitado y sin controles de ninguna especie de los recursos naturales del ahora denominado Sur global, como también al irse agregando a la realidad contemporánea cada uno de los factores antes mencionados. Así, la emigración «voluntaria» de millones de personas desde África a Europa y desde Nuestra América/Abya Yala/Améfrica a la «tierra de las oportunidades», Estados Unidos, respondería a la lógica de este necrocapitalismo, que obtendría mano de obra barata y, hasta, esclavizada. Por una parte, emigración causada por los niveles asimétricos de riqueza y pobreza, típicos de sus naciones, pero que, con el apogeo del neoliberalismo económico, se acentuaron todavía más con el transcurso del tiempo; por otra, a causa de los conflictos armados (entre estos, los desencadenados por grupos internos) y del despojo de las tierras ancestralmente ocupadas por pueblos originarios y campesinos. Se debe aludir igualmente a la criminalización decretada contra los defensores de los derechos humanos, en lo que coinciden, prácticamente, todos los gobiernos, sin excepción, impulsados por una interpretación particular de la salvaguarda del Estado, de la soberanía territorial y del orden social.
Según Alejandro Marcó del Pont, «la guerra eterna (fomentada por las élites militares, tecnológicas y financieras occidentales) no es un accidente histórico, sino un diseño funcional. Es un negocio. Un sistema que produce ganadores: las élites que venden armas controlan datos, gestionan el miedo y sacan provecho del desorden». Todo esto no debe conformar una visión fatalista sobre el futuro compartido de la humanidad, asentada en la cultura del miedo que es propiciada por los sectores dominantes mundiales por medio de todas sus acciones militares, propagandísticas, mediáticas, coercitivas y criminales. Al referirse al miedo, la célebre doble ganadora del premio Nobel, Marie Curie, escribió: «Nada de lo que sucede en la vida debe temerse; tan solo ha de ser entendido. Es hora de que entendamos más, para que podamos temer menos». De ese modo, cabe entender, comprender y discernir qué es el necrocapitalismo y cómo se manifiesta en nuestras vidas individuales y colectivas, lo que reforzará las bases de las distintas luchas que lideran individuos y movimientos en su contra, aún sin caracterizarlo del todo, pero intuyendo que es nefasto para todos, sin exclusión de la naturaleza. No es un asunto pasajero ni menos que pueda o deba relativizarse, creyendo que ignorándolo no habrá mayores consecuencias que las conocidas hasta el momento, lo que terminará por plantearnos una lucha de sobrevivencia de mayores dimensiones, ecuménica, en iguales términos a los resumidos hace un siglo por Rosa Luxemburgo: Socialismo o barbarie.
Homar Garcés 

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