Por: Édgar Alexánder Morales
El Capitolio de Washington se vistió de gala para recibir a Donald Trump en su mensaje del Estado de la Unión, pero lo que vimos no fue un discurso de estadista, sino el guion de una película de acción de clase B donde Venezuela fue el «punching bag» favorito. Entre aplausos coreografiados y frases hechas, Trump intentó vender su «éxito» en el Caribe, mientras el mundo observa con estupor el desastre jurídico e internacional que ha provocado.
Trump se llenó la boca alabando la supuesta «precisión quirúrgica» de sus fuerzas especiales. Sin embargo, en un desliz que pone en duda esa narrativa de invencibilidad gringa, el mismo magnate admitió que los soldados venezolanos —esos que ellos subestiman— casi derriban el primer helicóptero que violó nuestra soberanía el pasado 3 de enero.
¿Dónde quedó la superioridad tecnológica cuando el «bravo» ejército del norte sintió el calor del acero criollo? Esa operación militar no fue una liberación, fue una agresión criminal y unilateral. Desde aquí lo decimos alto y claro: exigimos la inmediata liberación del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Mantenerlos secuestrados en Nueva York no es justicia, es un acto de piratería moderna que solo busca pisotear la voluntad de un pueblo.
Uno de los momentos más comentados fue la mención a Enrique Márquez. Parece que Trump ha decidido enviar un mensaje a través de él, tratando de posicionarlo como el «líder de la transición». Para algunos, Márquez es esa figura «potable» y «digerible» que podría sentar en la misma mesa a sectores del chavismo desencantado y a la oposición moderada.
Sin embargo, para los radicales de la acera de enfrente, Márquez no es más que un «alacrán» con traje nuevo. Esa etiqueta, que tanto escuece en la política venezolana, parece ser el mayor obstáculo para alguien que intenta jugar al equilibrio en un país polarizado por las bombas y las sanciones. ¿Es Márquez un puente o simplemente el nuevo peón de turno del Departamento de Estado? La duda queda en el aire, mientras la oposición radical prefiere seguir pidiendo invasiones desde la comodidad de un hotel en EEUU.
«Jalabolismo» en Primera Fila y el Chaparrón Demócrata
Daba verdadera grima ver la cara de Marco Rubio. El senador por Florida parecía competir por el premio al «jalabola» del año, asintiendo frenéticamente ante cada bravuconada de Trump, esperando quizás que las migajas del control petrolero venezolano caigan en sus manos. Rubio personifica esa política rapaz que no ve ciudadanos, sino barriles de crudo y votos en el Doral. Por otro lado, los demócratas aguantaron un chaparron de críticas y humillaciones en silencio, pero que no se confíen los republicanos. Trump podrá gritar mucho en el Capitolio, pero las encuestas de las elecciones de medio tiempo huelen a derrota. El pueblo estadounidense está cansado de financiar guerras y aventuras imperiales mientras sus propias ciudades se caen a pedazos. Sean implacables al leer esto: los republicanos van directo al despeñadero electoral, y ni todo el petróleo de Venezuela podrá salvarlos del juicio de sus propios electores.