Sobre la base del respeto irrestricto a la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela, y la no injerencia en la política interna de nuestro país, se pueden generar las condiciones para un entendimiento, sin complejos, con el gobierno de los Estados Unidos.
En los actuales momentos, tenemos una pequeña ventana de oportunidad para el restablecimiento de relaciones entre ambos países, para ello se requiere: rapidez, tacto, e ingeniería diplomática y política de un grado superior.
Todavía insuficiente, desde la opinión del gobierno venezolano, Estados Unidos viene dando algunas señales públicas y privadas de querer dar un giro en las relaciones con Venezuela, esta variación solo puede leerse a través de los espejuelos de quienes conocemos lo mucho que le cuesta a la administración norteamericana salir de la génesis imperial, pero también sabemos que el pragmatismo norteamericano puede pasar de negro a blanco en una sola carrera.
A partir de diferentes análisis y manejo de información de alto nivel, puedo confirmar que existe una disposición de cambio sobre la política exterior estadounidense hacia Venezuela. Al parecer, en Washington entendieron algunos errores de su estrategia y estarían listos para volver a su sede en Caracas, pero ello implica reconocer el gobierno de Nicolás Maduro si este resultara ganador de la elección del 28 de julio. La gran incógnita es ¿está lista la Revolución Bolivariana y Chavista para creer en los norteamericanos y recibirlos nuevamente?, veamos.
La filosofía imperial estadounidense es contrapuesta a la filosofía nacionalista y soberana que sembró Hugo Chávez en 1998, por ello ha sido cuesta arriba conciliar ambas visiones. Sin embargo, han pasado más de 200 años desde que conocimos la “Doctrina Monroe de 1823”, el “Corolario de Roosevelt de 1904”, la “política de buena vecindad de 1933”, o las practicas del “Gran Garrote y la Diplomacia del Dólar”. Estas políticas de la injerencia norteamericana ya no tienen cabida porque simplemente la región, es otra y el mundo también.
En un mundo globalizado y multipolar, las doctrinas cuya filosofía se basan en los ideales coloniales de superioridad y dominación, están destinadas a perder efectividad. Hoy más que nunca, nuestros pueblos están destinados a construir su propio destino desde la soberanía y el amor por la patria, en todo caso, “los vecinos”, “los amigos”, están para colaborar sin transgredir lo interno. No se vale que la filosofía imperial apunte a secuestrar a los lideres políticos para gobernar bajo los preceptos de la sumisión y la entrega.
Más allá de las razones que pueda esgrimir el gobierno norteamericano para justificar las acciones que se han tomado en función de cambiar el gobierno de Venezuela, el principio de autodeterminación es suficiente para tachar el comportamiento de Estados Unidos hacia la crisis venezolana como inoportuno e inaceptable.
Nuestro vecino mayor pudo optar por mediar en el caso venezolano en favor de una solución lógica, coherente y funcional para todos los sectores, pero prefirió tomar partido por uno de los grupos políticos de oposición que terminó siendo poco democrático, corrupto y convertido en sanguijuelas que aprendieron a nutrirse del conflicto.
Estados Unidos equivocó la relación con uno de sus más importantes aliados geo-energético y geo-político de la región, desde el mismo momento que decide reconocer el gobierno de Carmona Estanga durante el golpe de estado del 2002, el cual derrocó brevemente a Hugo Chávez. Desde entonces, Washington ha venido tomando acciones que lejos de alcanzar el esperado cambio de gobierno, terminaron contribuyendo a la profundización de la crisis política, económica y social de Venezuela.
En este sentido, Estados Unidos incrementó la asistencia financiera a un sector de la oposición venezolana a través de los “programas para el fortalecimiento de la democracia”; promovió y reconoció el mal llamado gobierno interino de Juan Guaidó; impuso sanciones económicas unilaterales con el ánimo de generar un bloqueo al gobierno de Nicolás Maduro, pero eso, lejos de quebrar al chavismo, terminó afectando el ingreso y desarrollo del país.
Después de todo lo sucedido a lo largo de las últimas dos décadas, es válido preguntarse si es posible revivir las relaciones diplomáticas con Estados Unidos sobre la base del respeto del derecho interno y la no injerencia.
Me corresponde argumentar la siguiente pregunta: ¿por qué Estados Unidos estaría en franca disposición de dar un viraje en su política hacia Venezuela estando Nicolás Maduro y el chavismo en el poder?
En primer lugar, porque el sector político de oposición, a quien Estados Unidos ha venido empoderando durante los últimos años, ya no posee las credenciales morales, éticos y políticos para gestar un cambio de gobierno democrático, pero sobre todo pacifico, porque si algo necesitan los norteamericanos, en los actuales momentos, es estabilizar la región para frenar la migración y darle solución sostenible a sus agudos problemas socioeconómicos.
En segundo lugar, porque necesita volver al territorio, operar el tema Venezuela desde afuera, cuesta mucho dinero y eleva el margen de error para el gobierno norteamericano, la mejor opción es mantener sus sedes diplomáticas dentro de los países considerados por ellos en “riesgo” como lo han hecho con Cuba, Nicaragua y Rusia, aun cuando estos gobiernos no sean afines a sus pretensiones ideológicas.
En tercer lugar, porque en el contexto geopolítico y geoenergético, Venezuela es clave, sobre todo por lo impredecible de la situación en el Medio Oriente y al resultado final de la guerra Rusia – Ucrania, lo cual representa una amenaza latente al sector energético mundial con repercusiones directas en la economía estadounidense; a ello se le debe sumar la creciente influencia de Rusia, China e Irán en la región para lo cual Venezuela es medular.
En cuarto lugar y más significativo, tenemos que la sociedad norteamericana navega por un momento poco favorable al enfrentar serios desafíos sociales, económicos y políticos. Estados Unidos navega sobre un contexto de tensiones marcadas por la inflación, la crisis migratoria y la economía. Al tema laboral y económico, se le suman complicaciones sociales como el racismo, el sentimiento antiinmigrante y las amenazas a la democracia marcadas por una polarización política sin precedentes, lo cual se traduce como un distanciamiento entre la cultura democrática estadounidense y los ideales de los Padres Fundadores.
Frente a las razones antes descritas, pareciera coherente y creíble que Estados Unidos tenga interés en querer cambiar su forma de relacionarse, no solo con Venezuela, sino con la región. Recientemente, en el mes de mayo, hemos visto una serie de acciones que denotan más flexibilidad con los cubanos, por ejemplo, el gobierno norteamericano retiró a Cuba de la lista de países que no cooperan totalmente contra el terrorismo; el Departamento del Tesoro autorizó las operaciones para que los empresarios cubanos puedan abrir, mantener y utilizar de forma remota cuentas bancarias en Estados Unidos; también realizaron una Conferencia Agrícola centrada en la búsqueda de nuevas oportunidades de negocios; y ambas naciones continúan desarrollando proyectos conjuntos en el área de la investigación médica.
Ahora bien, en mi pueblo dicen “hasta el santo desconfía cuando la limosna es grande”. La Revolución Bolivariana y Chavista debe decidir si le abre la puerta a Estados Unidos o mantiene una “política de ruleta rusa”, es decir, relaciones binacionales completamente inestables signadas por muchas subidas y bajadas.
Una de las peticiones que podría incentivar una conversación sobre el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, es el levantamiento total de las sanciones, principalmente las que afectan la economía, pero quienes entendemos la naturaleza de estas operaciones, sabemos que levantar sanciones será un proceso gradual y difícil de conseguir en el corto plazo. Pero existen otros temas, también importantes, que podría poner el gobierno venezolano sobre la mesa:
a) Levantamiento de las recompensas por captura que pesan sobre el presidente Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino. Sería incoherente que la Embajada de los Estados Unidos esté operando en Venezuela mientras promueven la captura de las principales cabezas del mismo gobierno que debe otorgarles el plácet diplomático.
b) Derogar el decreto 13692 que cataloga a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria”.
c) Reactivar los vuelos desde y hacia los Estados Unidos.
d) Reciprocidad. Estados Unidos debe devolver nuestras sedes diplomáticas en Nueva York y Washington para ser reabiertas.
d) Compromiso de no injerencia. Estados Unidos debe asumir que los cambios políticos y/o de gobierno en la República Bolivariana de Venezuela, son producto de un proceso electoral interno y no de un acto procedente de la injerencia extranjera. En otras palabras, la oposición venezolana debe volver a la política y dejar de utilizar a los Estados Unidos como su plataforma de operación.
En conclusión, no tengo duda que Venezuela puede restablecer y mantener relaciones con los Estados Unidos siempre bajo un esquema en igualdad de condiciones, sin imposiciones y sin condicionamientos. En un escenario de restablecimiento no hay gobierno ganador ni perdedor, por el contrario, los grandes ganadores serían nuestros países y la región.
Con conocimiento de causa les digo que la mesa está servida, pero como siempre les recuerdo cuando hablo de estos temas, la solución final sigue estando en el 1600 Pennsylvania Avenue NW, Washington DC y en la Av. Norte 10 de La Pastora, Caracas 1012.

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