Homar Garcés
Ya a mediados de la década de los 70 del siglo anterior, Michael Walzer afirmó en su libro «Guerras justas e injustas» que «la palabra “terrorismo” se utiliza en la mayoría de los casos para describir la violencia revolucionaria. Ésta es una pequeña victoria para los campeones del orden, en cuyas filas, de ningún modo, resultan desconocidos los usos del terror». Las nuevas formas de resistencia de los sectores populares a las que se enfrenta cada día el sistema capitalista mundial hacen que su represión y condena resulten más puntuales y detalladas, a tal punto que cualquier lucha, por muy justa y legítima que ella sea, termina por ser incluida dentro del catálogo de delitos que imponen los sectores dominantes para conservar sus privilegios y su hegemonía sobre el resto de la sociedad. Incluso, más allá de las mismas leyes, cuando se inculca el miedo a los cambios revolucionarios, de modo que se identifique al marxismo con cualquier cosa que les asuste, así no tenga nada que ver con sus propuestas. Esto se ha extendido, gracias a la reiterada afirmación hecha a través de los diferentes medios de información, a grupos nacionales, sociales, religiosos y étnico-culturales que combaten (sin violencia de por medio) contra las distintas injusticias que padecen bajo el modelo civilizatorio actual, identificándolos simplemente como terroristas, tal cual ocurre con el pueblo mapuche en Chile y con la resistencia contra el sionismo en suelo palestino.
En ese sentido, no pierde vigencia la exposición hecha por Allen Welsh Dulles, director de la CIA entre 1953 y 1961 durante los  gobiernos de Harry S. Truman, Dwight D. Eisenhower y Jhon F. Kennedy, respecto a la estrategia estadounidense que facilitaría extender su dominio imperialista alrededor del mundo: “Sólo unos pocos acertarán a sospechar e, incluso, comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarlos, desacreditarlos y señalarlos como desechos de la sociedad. Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos. Nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizáremos, pervertiremos». Esto mismo podría apuntarse en el caso de aquellos regímenes que pretenden perpetuarse, utilizando para ello el terrorismo de Estado y la propaganda que los señala como una extensión del poder de las masas, estando «subordinados» a ellos, cuando la realidad es todo lo contrario; hasta el colmo de instituir cadenas de corrupción que no permitan el cumplimiento de las leyes y la práctica de una soberanía popular verdadera.
En un mundo que tiende cada vez más a ser menos diverso, absorbido por las tecnologías de la información, las redes sociales se han convertido en espacios de permanente exposición pública que facilitan en sus usuarios la sensación de una gratificación narcisista y, al mismo tiempo, el escenario de conflictos de diversas gamas sin necesidad de una confrontación física o de persona a persona, contando para ello ya sea con el anonimato o con la distancia geográfica que separa a unos de otros. Observamos cómo los prejuicios se transforman en información, generalmente sin importar si su contenido pueda generar efectos negativos en la conducta social de muchos individuos. Especialmente si estos tienen una base religiosa o política (aunque los contradigan). Por eso, la claridad ideológica (a pesar de que la ideología es más un factor de sustentación del orden establecido) es un elemento indispensable para entender y comprender los por qué y los para qué de las diversas luchas emprendidas en todo tiempo por nuestros pueblos, de manera que pueda haber una praxis política correcta, especialmente en momentos en que todo parece confuso y diluido en manipulaciones de todo tipo. Así, las tres clases de dominación que han sufrido los pueblos de nuestra América (la primera de ellas de carácter colonial, luego oligárquica y burguesa para culminar en una imperialista y neocolonial) deberán ser estudiadas sin atención de los preceptos que, de algún modo, buscan enmascarar tal dominación y disminuir hasta donde sea posible el papel protagónico que pudieran desempeñar los sectores populares en la transformación estructural de cada uno de nuestros países.
En la realidad del mundo contemporáneo se avista la figura del consumidor/ciudadano, quien situa su propia individualidad y diferenciación por encima de cualquier tipo de implementación de políticas sociales que, de algún modo, estén orientadas a su inclusión social. Para este tipo de sujeto, lo que importa es su propio bienestar, envuelto en un narcisismo digital que le impide comprender las causas de los diferentes conflictos sociales, políticos y culturales que se hacen sentir tanto a nivel local como a nivel global, siendo caldo de cultivo de cualquier campaña desinformativa que implementen los centros de poder en favor de sus grandes intereses particulares. La horizontalidad desorganizada que esto produce puede apreciarse en el sentido que cada individuo le da a su estilo de vida, marcado como ya se dijera, por el consumismo y el estatus social que este le otorgaría a quien se deja guiar por el mismo. De ahí que la cartelización global de la información en un mundo que cada día parece reducirse y ser menos diverso cumpla un propósito (oculto a la vista y a la comprensión de la mayoría de las personas) de uniformización del pensamiento y, por ende, del comportamiento de todos aquellos que conforman la gran mayoría subordinada.

Deja tus comentarios...

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo