Homar Garcés
Imperialismo y desarrollo han sido los dos factores fundamentales de la subordinación y la sumisión adoptadas a lo largo de la historia por los diferentes regímenes existentes en nuestra América. La historia de esta parte del planeta está saturada de frases con las que se quiso (o aún se quiere) etiquetar los diversos programas gubernamentales implementados para alcanzar, finalmente, la cima del desarrollo, a imagen y semejanza de Europa, Japón y Estados Unidos (ahora China y Rusia). Desarrollo económico, desarrollo social, desarrollo local, desarrollo global, desarrollo rural, desarrollo sostenible, desarrollo sustentable, ecodesarrollo, etnodesarrollo, desarrollo a escala humana, desarrollo endógeno, desarrollo con equidad de género, codesarrollo y desarrollo transformador, son, entre otras, parte de tales etiquetas, confundiendo y ligando en un mismo concepto crecimiento económico y desarrollo económico, sin poder lograr las metas propuestas. «Ahora sabemos -explica el economista ecuatoriano Alberto Acosta- que el desarrollo,en tanto reedición de los estilos de vida de los países centrales, resulta irrepetible a nivel global. Dicho estilo de vida consumista y depredador está poniendo en riesgo el equilibrio ecológico global, y margina cada vez más masas de seres humanos de las (supuestas) ventajas del ansiado desarrollo. Inclusive en los países considerados como desarrollados, el crecimiento económico logrado se sigue concentrando aceleradamente en pocas manos y tampoco se traduce en una mejoría del bienestar de la gente». En pos de esta ilusión, poco importa el alto costo que ello implica en materia de conservación de la naturaleza y de garantía de los derechos sociales, lo cual hace más precaria la existencia de millares de personas en los países donde ésta se instaura. Aún más, se hacen concesiones de tipo colonialista que merman conceptual y prácticamente la soberanía nacional, sometiéndola a los arbitrios de las grandes corporaciones transnacionales, necesitadas de mano de obra barata y de una flexibilización laboral que les permitan invertir y recuperar de una manera segura y en un corto plazo el capital desembolsado.
En todo caso, lo que se puso en marcha durante décadas sería un «desarrollo del subdesarrollo», tal como lo apuntó con extrema lucidez el economista y sociólogo alemán André Gunder Frank, proceso en el cual se involucraron las economías de nuestros países, buscando salir del papel tradicional de monoproductores que habían asumido, de acuerdo a los designios e intereses, especialmente, de la potencia hegemónica ubicada al norte de nuestro continente. Una gran parte de economistas y analistas políticos pasan por alto este hecho. Obvian que las relaciones económicas a escala global generan una desigualdad que se manifiesta no solo entre las naciones centrales y las naciones periféricas del capitalismo sino también a lo interno de cada una de ellas (incluso en los países desarrollados), creando una falsa ilusión respecto a la viabilidad de lograr, algún día, el anhelado desarrollo y, con él, un mejor estilo de vida material para todos.
Es notorio que la especificidad histórica de nuestra América -con sus fuertes conflictos sociales y multiplicidad de diferencias- ha sido intervenida y obstaculizada por los intereses geopolíticos y comerciales de las potencias que sucedieron al poderío español. Por eso, nuestra América le ha tocado enfrentar el reto de alcanzar metas de desarrollo económico, subordinadas al esquema capitalista global, pero con capitalistas nacionales incapaces de competir e innovar, lo que refuerza los mecanismos de dependencia de nuestras economías y la salida desproporcionada de capitales; limitando, en muchos casos, el dinamismo del mercado interno. A esto se agrega la estrategia de Washington que persigue amenazar y minimizar los procesos políticos de transformación que se han suscitado en la región y posicionar su fuerza militar en áreas estratégicas de gran riqueza natural, como la biodiversidad existente en el ancho territorio amazónico y los yacimientos petroleros ubicados en las aguas profundas del Atlántico sur. Aunque se quiera ocultar bajo el argumento de una lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, la realidad es que Estados Unidos ha implementado el control directo de un abanico de regiones vitales para su modo de vida, lo cual representa una arremetida real contra la soberanía de las naciones situadas en ellas, además de atentar (como lo demuestra su política guerrerista alrededor del planeta) contra la paz y la seguridad internacionales. Extremando el análisis, todo esto constituye un colonialismo militarizado que, a través de los diversos programas militares suscritos con algunos gobiernos de la región, como el Plan Puebla-Panamá y el Plan Colombia, siendo estos los más resaltantes, además de la reactivación de la IV Flota del Caribe, en momentos en que no existe una amenaza real contra la seguridad de Estados Unidos. Sería de tontos creer que dichos planes no configuran la puesta en marcha de megaproyectos en manos de sus corporaciones transnacionales para lo cual se requiere que nuestra América sea intervenida militarmente, cuestión que se adelanta por medio de adiestramientos y ejercicios militares conjuntos en toda América Latina, el comercio armamentístico y la instalación de sistemas de vigilancia y de espionaje, incluida la instalación de bases militares en medio continente, siendo las de Costa Rica las más recientes.
Parte de esta dominación neocolonial capitalista se refleja también en las decisiones que se imponen en el seno del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, la hegemonía comercial lograda por medio de la Organización Mundial de Comercio y el control financiero garantizado por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Éstas, en conjunto, han servido para apuntalar un orden hegemónico donde poco importa la validez de las soberanías nacionales y las vidas de millones de personas en tanto no afecten la avidez de los grandes grupos monopólicos del capitalismo. «Es cierto -indica Claudio Katz en «El imperialismo del siglo XXI»- que la asociación entre las clases dominantes de la periferia y las grandes corporaciones es más estrecha y que la pobreza se extendió en el corazón del capitalismo avanzado. Pero estos procesos no convierten a ningún país dependiente en central, ni tampoco tercermundizan a las potencias metropolitanas. El mayor entrelazamiento entre las clases dominantes coexiste con la consolidación de la brecha histórica que separa a los países desarrollados y atrasados. Por eso, el capitalismo no se nivela, ni se fractura en torno a un nuevo eje transnacional, sino que se desenvuelve ahondando la polarización forjada durante el siglo pasado». En la actualidad, hay muchas expectativas en relación a la influencia que puedan tener en un futuro no lejano las naciones agrupadas en el BRICS, en auge competitivo con las naciones desarrolladas, lo que modificaría el funcionamiento del sistema capitalista mundial. No obstante, los posibles cambios que suscitarían las economías emergentes agrupadas en el BRICS se llevarían a cabo, aún, en el marco económico capitalista, por lo que no habría que albergar mucho optimismo respecto a la reversión de sus efectos negativos, tanto a nivel social como a nivel ambiental.
La estrechez de las visiones convencionales y el determinismo pesimista que pesan sobre nuestra América tendrá que revertirse a través de la generación de un tipo de sociedad donde no se reproduzcan las desigualdades sociales ni económicas que caracterizan el sistema-mundo actual, lo que equivale a darle prioridad a los más preciados valores del ser humano, como lo son la afectividad y la espiritualidad en la organización social y económica, reemplazando, en consecuencia, el consumismo alienante, el individualismo, el egoísmo, la competencia desleal entre las personas, la corrupción y la violencia que son promovidos, en uno u otro sentido, por el capitalismo dominante; lo que supone la tarea de desmercantilizar la vida y producir, por tanto, lo que sería una opción bio-comunitarista, definida por René Ramírez («Socialismo del sumak kawsay o biosocialismo republicano») como «un nuevo pacto de convivencia post-antropocéntrico y trans-estatal». En síntesis: el logro de un cambio cultural revolucionario y profundo; además del establecimiento de una relación armoniosa y de reciprocidad con la tierra.

Deja tus comentarios...

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo