Por: Édgar Alexánder Morales
Venezuela, y muy especialmente nuestro estado Portuguesa, se encuentra hoy bajo el mazo de una política de miseria. No me refiero únicamente a la escasez material, sino a una miseria mucho más peligrosa: la del alma, la del odio inoculado y el resentimiento social que nubla el juicio de quienes aspiran a dirigir los destinos de este país.
Es alarmante observar cómo, en nuestra región, no existe un solo vocero de la llamada «extrema derecha» que haya tenido la estatura política o la nobleza humana de convocar a la paz, a la verdadera reconciliación nacional o a la convivencia en la diversidad de pensamiento. Lo que presenciamos es un desfile de revanchismo y maldad social, ejecutado por «calayos» que repiten como loros consignas vacías, destilando una hiel que delata la pobreza espiritual de una oposición que hoy yace destruida por sus propios errores.
Es muy sencillo y efectista señalar que el chavismo acabó con la democracia; es el discurso que vende fuera de nuestras fronteras. Pero la realidad es más cruda: la destrucción es una responsabilidad compartida. Hasta que no tengamos la valentía de entender que ambos bandos han dinamitado las instituciones y el tejido social, no podremos avanzar. La sociedad grita un «Ya basta ya», aquel viejo lema del MAS (partido que, irónicamente, hoy parece renegar de su propia esencia), pero ese grito no es solo contra un gobierno, es contra una forma de hacer política basada en el exterminio del otro.
Llama poderosamente la atención el caso de personajes que, tras salir de un proceso de reclusión —sin entrar en el detalle del origen de su causa—, reciben el beneficio de la libertad, quizás como un gesto en un proceso de paz que busca limpiar culpas colectivas. Sin embargo, lo primero que hacen al pisar la calle es organizar manifestaciones, violando medidas cautelares que, nos gusten o no, son Ley.
Nadie en su sano juicio puede estar de acuerdo con detenciones arbitrarias, pero debemos ser claros: si ante los ojos de la ley se cometió un delito, hay que asumir la responsabilidad. ¿Qué es lo que buscan estos actores? ¿Provocar otra intervención? ¿Otras agresiones internacionales? ¿Otra extracción?
Los venezolanos de bien, los que nos levantamos a trabajar en las tierras de Portuguesa, los que apostamos por la producción y el diálogo, somos más. Y nosotros no queremos eso. No queremos líderes que utilicen la libertad para sembrar más caos, ni «loros» que repitan discursos de odio desde el extranjero mientras el pueblo aquí padece las consecuencias de la confrontación. La reconciliación no es un favor que se le hace al gobierno ni a la oposición; es una necesidad de supervivencia nacional. Mientras la política siga siendo un vertedero de hiel y resentimiento, el futuro de Venezuela seguirá en pausa. Es hora de que quienes pretenden liderar entiendan que con odio no se construye un país, solo se levantan más muros.
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