El plano del discurso como medio dominador de masas, siempre ha caracterizado al mundo y su entorno del poder.
Desde “El Banquete” de Platón, pasando por la oratoria de Cicerón, Pompeyo y Julio César; muchos han sido los que en el tiempo y la historia han dejado su huella con discursos formidablemente argumentados, como los casos de Ghandi, Luther King, Churchil, Fidel, Gaitan, Hirohito, Mao Tstung, entre otros; por citar a quienes han usado el discurso en el poder; nos queda evidentemente un legajo de contenidos dentro de cada una de sus ópticas como estadistas y gobernantes de naciones muchos de los nombrados; empero, ese contenido amoldado a sus épocas y circunstancias, indudablemente constituyen hoy, piezas de estudio y análisis en cuanto a su proyección en este siglo XXI, que inicia huérfano de oradores de talla, y nos quedamos con la retórica de la oquedad.

Esta ola de vacío, viene dada por la visión antropológica de L’Politique o la nueva era de la anti política. Así vemos entonces cómo existen gobernantes y jerarcas políticos que no tienen ni respeto por la gramática y menos aún del público al que se dirigen. Menosprecian la inteligencia y piensan generar el principio de la lógica a la inversa; siendo que la realidad es que no tienen idea de lo que dicen o desean expresar.
Esto lo vemos constantemente en todos y cada uno de nuestros representantes de gobierno locales, regionales y nacional. Funcionarios de altos cargos en cualquiera de los poderes públicos del Estado, que no tienen idea de lo que deben hacer o por lo menos buscar asesoría para el desempeño de sus funciones.

Venezuela no escapa de este mal, y dentro de esa oquedad o vacío, no solo trasluce el discurso, sino una inoperancia disfrazada de fiestas y buena onda, mientras los sueldos y salarios acompañan el calvario de los crucificados. Cada día vemos cómo se hace alarde de mentiras y pasiones que dan al traste con una terrible realidad que es la pérdida del sentido de orientación.

Ya no se aguanta un sistema político que desgasta fisuras de una camisa cuya talla no es la adecuada pero que a la fuerza debe ser impuesta a trocha y a mocha.

Es decir, todo está bien porque si, aunque todos vean que el emperador no lleva ropaje. Un engaño óptico y de contenidos, cuando vemos cómo paulatinamente se ha venido atacando al sistema educativo; que al mejor estilo de Thoreau hace gala de su “desobediencia civil”, ante un Estado gendarme cuyos intereses coinciden en no avanzar en lo educativo. Creo que estas disputas de maestros, profesores y empleados públicos del sector, debería combatirse a la inversa; es decir, con más y mejor educación de los niños, haciendo caso omiso a los programas establecidos y regresar a la cátedra del conocimiento y análisis. Atacar al enemigo ineficiente con eficiencia y capacidad. Hacer más de lo que se espera , y en esa visión país, sumar esfuerzos para garantizar que esa fuerza humana sufre pero tiene hidalguía. No es un asunto de hacerle el juego a la política estatal de desinformación y destrucción del sistema educativo, es por el contrario la manifestación inequívoca de que somos los venezolanos de primera que ellos no quieren reconocer, hacer gala de la “desobediencia civil” haciendo por el país, generando ideas, no seguir líneas establecidas que favorecen al establishment impositivo; crear una fuerza insdestructible desde la familia a la escuela, pero en un brazo de unidad, por el mejor porvenir de nuestros niños, niñas y adolescentes; readaptarse dentro de esa malintencionada forma de sueldos que no ayudan pero que tampoco quieren colocar. Sería la manifestación de la intelectualidad de maestros, profesores, alumnos, padres y representantes en conjunto; darle un parao a tanta chabacaneria y de esa orfandad del discurso de oquedad que aquí diluimos.

De esa manera irradiar ese mismo contenido de la desobediencia a las formas impositivas y cuyo marco de sustentabilidad sea siempre nuestra constitución nacional; hacerles ver que son ellos quienes la violan y de allí, sencillamente la protesta hacerla pública al mundo, en una Venezuela donde todos sabemos lo que debemos hacer pero que la aplicación de fórmulas obsoletas de lucha nos mantienen estancados. Vayamos por más y la mejor calidad, aprendamos a exigir a nuestros gobernantes desde la entereza de nuestros derechos y no como simples pedigüeños de limosnas. Esta es la única manera de que el Estado entienda que debe ser democrático y protagónico. Basta de la quejadera y aguantemos en la trinchera del trabajo y esfuerzo. Sumemos la fuerza de la gente y enviemos un mensaje de capacidad y conocimiento; solo así venceremos a Goliat.

Rafael García González

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