De todos los acontecimientos de la historia venezolana, quizá el más desconocido, desacreditado y estigmatizado (y, por ese mismo motivo, merecedor de una evaluación e interpretación todavía más profunda) sea el de la lucha guerrillera iniciada en los años sesenta del siglo XX por el Partido Comunista de Venezuela (PCV ) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Para algunos, producto del aventurerismo de unos cuantos desadaptados que no contaron con el respaldo de las masas y se hallaban totalmente desconectados de la realidad venezolana. Para otros, una experiencia que respondió a las necesidades y las aspiraciones que el pueblo había hecho sentir en las calles, tras la sublevación del 23 de enero de 1958 que marcó el fin de la dictadura del General Marcos Evangelista Pérez Jiménez. Invisibilizada por la historia oficial, regida por el acuerdo interpartidista suscrito por las dirigencias de Acción Democrática (AD), de la Unión Republicana Democrática (URD) y del Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), y por los renegados y conversos de la izquierda tradicional que abjuraron de ella -como si no hubiese pasado nada trascendental- para plegarse a las dádivas otorgadas por la clase gobernante, la lucha armada de las décadas de los sesenta y setenta es uno de los episodios históricos que contribuirían, sin duda, a definir la conformación de un sistema político, económico y social que perduró por espacio de cuarenta años; así como también la génesis de una visión práctica y teórica de lo que debiera ser una verdadera revolución socialista, autóctona, con repercusiones a nivel continental. En medio de ella, no hay que olvidar el heroísmo y la integridad mostrados por hombres y mujeres, generalmente de extracción popular, que se inmolaron por ver realizados sus sueños de redención, algunos de los cuales han sido ahora rescatados del olvido por historiadores conscientes de su responsabilidad al reconstruir, para las generaciones presentes y futuras, la historia del país. Hay, por tanto, un compromiso por develar sus vicisitudes por parte de sus protagonistas directos e indirectos, lo mismo que de parte de los profesionales de las ciencias sociales, de manera que ésta se inserte en esa comprensión necesaria de lo que es este país.
Durante el periodo pre-insurgente, a la dirigencia del PCV de ese entonces se le podrían atribuir algunos errores tácticos y estratégicos que incidirán, de una u otra manera, en el destino de la democracia en Venezuela, como lo refiere Elia Oliveros Espinoza en su trabajo de investigación histórica «La lucha social y la lucha armada en Venezuela», publicado por la Editorial El Perro y la Rana, «el PCV -partido llamado a dirigir a las masas populares como expresión de su vanguardia- no cumplió totalmente con su papel histórico, pues, se limitó a plantear el derrocamiento de la dictadura y así, al restringir su horizonte a ese único objetivo, dejó sin perspectivas al movimiento de masas». A ello se sumó el apego estricto a la línea de acción de la Junta Patriótica y el apoyo a la paz obrero-patronal y a la candidatura presidencial del Vicealmirante Wolfgang Larrazábal como fórmulas para evitar la instauración de otro régimen dictatorial, lo que, en resumidas cuentas, cabe admitir que era una política de conciliación de clases que, en definitiva, sólo favorecerá y fortalecerá a los sectores reaccionarios, agrupados bajo el pacto de Punto Fijo, del cual, precisamente, había sido excluido explícitamente el PCV, para complacencia del imperialismo yankee. Mientras tanto, los sectores populares, con los trabajadores a la cabeza, exigiendo un conjunto de reivindicaciones laborales postergadas, en medio de una recesión económica que hacía mella en su poder adquisitivo, comienzan a ser reprimidos por el nuevo gobierno, presidido por Rómulo Betancourt, según su consigna criminal de disparar primero y averiguar después, con su saldo de detenciones, torturas y muerte.
«Cuando el PCV se incorpora a la lucha armada y elabora un proyecto para la toma del poder, en el año 1962, -explica Elia Oliveros Espinoza- ya la lucha armada en la práctica se había iniciado, la violencia tomaba cuerpo espontáneamente y comenzaban a surgir grupos como el FUL (Frente Unido de Liberación), tratando de capitalizar la disposición de sectores avanzados de las masas al enfrentamiento violento. Si el MIR, antes que el PCV, hace suya la línea de violencia revolucionaria, se explica por el radicalismo con que nació el MIR y por ser una organización nueva que no tenía las trabas burocráticas que ya carcomía al PCV. Más influido por la Revolución Cubana y nutrido mayoritariamente por jóvenes, este partido resultaba más proclive a adentrarse en el cambio que experimentaba la lucha de clase en el país». Sin embargo, las bases teóricas de esta lucha estaban descontextualizadas. El país ya no era el mismo de comienzos de siglo bajo la autocracia del General Juan Vicente Gómez. Menos el que rigió Pérez Jiménez. Ahora este se hallaba insertado en el plan de desarrollo que se proponían llevar a cabo el imperialismo gringo con sus grandes corporaciones transnacionales a lo largo de nuestra América para lo cual era una cuestión vital contar con el respaldo incondicional de la burguesía local, a la cual todavía los comunistas seguían caracterizando como una fuerza social y económica amiga del pueblo, olvidándose del objetivo estratégico de la Revolución que pregonaban. Por otra parte, las acciones de quienes conformaron la vanguardia de la lucha guerrillera comienzan a sobreponerse a las condiciones objetivas existentes, lo que, a pesar de la lucha de resistencia sostenida por el pueblo en contra del nuevo régimen de la democracia representativa, no encuadraban con la protesta reivindicativa impulsada por los sectores populares.
En este tiempo, quienes dirigían la lucha guerrillera dan un salto cualitativo respecto a cómo impulsar la Revolución socialista en Venezuela. Como lo refiere muchos años después Nelson Sánchez, responsable del Frente Cívico-Militar-Religioso, creado a instancias de Douglas Bravo, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) y líder fundamental del Partido de la Revolución Venezolana (PRV), “la concepción de Revolución Bolivariana adquiere consistencia durante el siglo XX, y es en la década de los 60 cuando se comienzan a hacer planteamientos sobre la necesidad de romper con la visión dogmática que, para ese momento, se tenía de quienes estaban haciendo la propuesta de generar un proceso revolucionario en Venezuela. En 1969, estas reflexiones son oficializadas en el documento publicado por Pedro Duno ‘Marxismo Leninismo Bolivariano’ como contraposición al dogmatismo del PCV (Partido Comunista de Venezuela) que proponía la Revolución Clasista-Obrerista al estilo soviético. Bajo la dirección de Douglas Bravo, a mediados de 1960, un sector de la militancia del PCV venía manejando la necesidad de incluir elementos teóricos de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora, y del socialismo originario indigenista, ya que se consideraba necesario un replanteamiento de la filosofía conceptual que debería llevar la Revolución venezolana en ese momento. Estos planteamientos generan un choque dentro del sector dogmático del PCV, y forman parte de las contradicciones teóricas que contribuyeron al deslinde dentro de esa organización, de un importante grupo de cuadros, liderados, entre otros, por Douglas Bravo, integrante para ese momento de la FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional), junto con varios oficiales venezolanos que habían participado en el Carupanazo y en el Porteñazo”. En una dirección parecida, actuarán los integrantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, lo que dará nacimiento a otras organizaciones de carácter político y frentes guerrilleros en el oriente de Venezuela. Todo en coincidencia con el repliegue y el estancamiento de las acciones militares insurgentes que señalan el fin de la lucha guerrillera y conducen a la aceptación del indulto ofrecido por el gobierno de Rafael Caldera a sus principales protagonistas.
El plan de contrainsurgencia de los gobiernos de Acción Democrática y de COPEI se vio altamente favorecido con la incorporación de desertores y delatores, provenientes de las filas guerrilleras, con lo que fue profundizándose la desarticulación de los cuadros en armas, tanto rurales como urbanos. Luego de acogerse a la oferta de pacificación de los presidentes Rafael Caldera y Luis Herrera Campíns, llega a existir una izquierda subsidiada -mayormente, a través del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA) y del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC)- aficionada a las tertulias teóricas en bares y cafetines de renombre de Caracas, alejada de las luchas que sostienen entonces los sectores populares contra el binomio adeco-copeyano. En este marco, surge una serie de organizaciones con fines electorales que mantienen vigentes sus discrepancias durante la etapa guerrillera, resaltando el Movimiento Al Socialismo (MAS) que se inspira en el eurocomunismo y adopta una posición de derecha. Algo igual ocurrirá con Bandera Roja y Causa R, desechando sus idearios originales y aliándose en años posteriores con sus antiguos enemigos de clase.
La comprensión de la historia contemporánea de Venezuela tiene, por tanto, que incluir este capítulo poco estudiado, de un modo completamente objetivo de la vida nacional, lejos de los subjetivismos y de los dogmatismos habituales, ya que de este se extrae una serie de elementos que siguen influyendo en la conciencia de muchos venezolanos; de la misma manera que puede deducirse de periodos anteriores, como la gesta de la independencia y la relación de dependencia política y económica respecto a las potencias imperialistas de los siglos XIX y XX. Esta comprensión podría darle a los venezolanos las herramientas que requieren para superar las brechas y los dilemas que ahora confrontan, echando mano a su propia historia y honrando apropiadamente la memoria de tantos mártires que mantuvieron en alto los anhelos colectivos por concretar una verdadera liberación y una verdadera democracia en este país de estirpe bolivariana.

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