Homar Garcés
En su artículo «¿A dónde se fue el comunismo?», Héctor Meléndez, profesor de la Universidad de Puerto Rico, expresa: «El régimen occidental tiene más de quinientos años y posee innumerables mecanismos de reproducción. Es un amplio espacio de relaciones financieras, educativas, militares, políticas, mediáticas y comerciales. Su epicentro es el Atlántico norte, pero su influencia difícilmente se reduce a Estados Unidos y Europa. Occidente no trata sólo de billonarios y millonarios. Incluye sectores populares y clases medias que participan activamente en inversiones de dinero, cuyas ganancias –que a veces complementan el salario– y amplio consumo alimentan el consenso hacia la política imperialista. Le ayudan a legitimarse sus tradiciones de narrativa, espectáculos e idealización de la subjetividad». En atención a esta reflexión, cabe resaltar lo escrito por Rosa Luxemburgo: «El marxismo es una cosmovisión revolucionaria que constantemente tiene que luchar por nuevos conocimientos, que no hay nada que desprecie tanto como el aferrarse a formas que alguna vez fueron válidas, que conserva su fuerza vital de la mejor manera en la crítica y en el tronar de la historia». Entre ambos puntos de vista, se podrá ubicar la comprensión del capitalismo del siglo XXI y la nueva izquierda revolucionaria, lo cual requiere adquirir una nueva visión de las cosas, más apropiada a la coyuntura histórica que vive el mundo contemporáneo. En especial ahora cuando en el horizonte mundial comienza a delinearse el control de los monopolios corporativos sobre las naciones y las instituciones del Estado, con Estados Unidos sirviendo de vanguardia, con la finalidad principal de brindarle un mayor margen de acción y de ganancias exorbitantes a sus empresas, sin intervencionismo estatal que las regule.
Tomando eso en cuenta, el problema de la transición al socialismo revolucionario requiere establecer un debate con toda la audacia, el espíritu crítico y el rigor científico que exige el plantearse la transformación estructural del Estado, de la economía y del modelo de sociedad vigentes (incluyendo su aspecto cultural y espiritual). No puede limitarse a un simple cambio de nombres, consignas y de gobierno. Tiene que ser algo integral y constante. De lo contrario, dejará de ser revolucionario y, en consecuencia, dejará de ser una alternativa ante el orden capitalista reinante. Bajo el sistema capitalista todos los actores sociales que participan en el proceso productivo están -de cualquier modo- sujetos a la reproducción de la ganancia que corresponde a los dueños del capital y de los medios de producción (incluyendo la explotación de su fuerza de trabajo) en un ciclo que pareciera normal y eterno, sin posibilidades reales de cambio. Así, desde la época en que Karl Marx y Friedrich Engels redactaron el Manifiesto Comunista hasta la época actual, a través del socialismo revolucionario se ha planteado que tal sistema de desigualdades, injusticias y expoliación indiscriminada de las personas y de la naturaleza sea superado, dando entonces nacimiento a un nuevo tipo de civilización en el cual prevalezca siempre el desarrollo integral del individuo y de la comunidad, en igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades, sin dominación alguna del mercado y el capital, abarcando la preservación de la naturaleza; algo que se considera utópico, es decir, inviable o difícil de realizar, pero que no deja de ser posible ni ha dejado de inspirar las luchas sociales.
En el mundo contemporáneo son muchas las disyuntivas que se le presentan a quienes fomentan la instauración de la Revolución Socialista en sus países, entre ellas, el cómo contener la oleada ultraderechista y autoritaria que parece extenderse sin control alguno como opción ante los diversos problemas que confrontan los sectores sociales. A imitación de la III Internacional Comunista, en la última década ha surgido una internacional reaccionaria que cuenta con el apoyo del multimillonario Elon Musk, propietario de la plataforma digital X, quien utiliza este medio para influir en las preferencias electorales en diversas naciones (tales como Estados Unidos, Inglaterra o Alemania), de modo que resulten triunfadores los candidatos de su preferencia, siendo Donald Trump el mejor ejemplo de ello. Sin más ideología que la basada en el autoritarismo y el odio hacia todo lo que represente progresismo, cambio o revolución, sus representantes quieren imponer una visión del mundo, ajustada a lo que sería la lógica del capitalismo neoliberal en su versión más extrema; para lo cual no dudan en destruir los cimientos de la democracia liberal que ha perdurado desde el estallido de la Revolución Francesa de 1789 y plantean el surgimiento de un nuevo orden mundial, reemplazando al instituido tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la Organización de las Naciones Unidas.
El capitalismo en su fase actual, «ha instalado en el imaginario colectivo la falsa idea de que el éxito es un derecho individual desvinculado de cualquier compromiso social. La meritocracia es la gran ficción del capitalismo tardío, que vende como superación lo que en realidad es privilegio de cuna o azar del mercado», como bien lo dictamina Javier F. Ferrero, en «Cómo el neoliberalismo allanó el camino al fascismo en Estados Unidos». Sometidos al albur de las coyunturas del mercado y a las múltiples innovaciones que se producen en los campos científicos y tecnológicos, reflejados en el uso cada día más frecuente de la informática y maquinarias de alta tecnología por parte de las empresas, los trabajadores están llamados a adquirir un mayor grado de conciencia clasista y de organización para entender y confrontar adecuadamente los múltiples desafíos impuestos por el capitalismo neoliberal a nivel local y global. Esta comprensión es parte esencial de la acción y del programa de lucha de la nueva izquierda revolucionaria, lo que exige de ella, al mismo tiempo, una revisión exhaustiva de su forma organizativa y de sus postulados teóricos o ideológicos, sin que esto represente una claudicación frente al orden burgués liberal establecido y, menos, refutar su esencia emancipatoria.

