Por Ángel Díaz | No habrá Nación si no construimos la Patria y no tendremos patria si no hacemos la Revolución

Estás breves Líneas las estaba escribiendo días atrás y no tenían nada que ver con las listas publicadas el día sábado en la página oficial del PSUV, pero igual saldrán porque al final es mi opinión y punto de vista y seguiré cabalgando por el lado correcto de la historia.

La revolución es el parto histórico que sobre nuestros hombros reposa y que solo la podremos perpetuar si asumimos las propuestas concretas sobre la organización y la estrategia que debe seguir un partido revolucionario, dirigido por revolucionarios, que lo eleven al escalafón más alto de la especie humana, hasta convertirlo en la fuerza dirigente principal dentro de todo el mecanismo.

El partido como instrumento debe guiar las riendas del proyecto histórico y hacerlo cuerpo y alma en el seno del pueblo, asegurarse que su organización sea la vanguardia que se construya y materialice, pueblo a pueblo, sector por sector, calle por calle, como premisa al legado heredado del   Líder Comandante Hugo Chávez, de quién también tomamos el Plan y el Programa de la Patria.

El partido y sus direcciones se debe nutrir de los mejores hombres y mujeres, probados, evaluados y considerados por su trayectoria, por la moral, la ética, militancia revolucionaria, así como el   desempeño y cumplimiento de las tareas Políticas asignadas.

El dirigente del partido no puede ser el amigo del amigo o el compadre del amigo, no puede ser un individuo que guarde silencio ante las injusticias y no tenga pertinencia ni comprensión del momento histórico, un partido no se puede convertir en una franquicia o un club de amigos para satisfacer necesidades personales, grupales ni mucho menos elitistas.

En un partido debe existir la irreverencia y la lealtad, ya que estas no son una concesión o un obsequio, no es una indulgencia, ya que se trata de un fundamento de la salud Revolucionaria. Sin este complejo de «Irreverencia y Lealtad» la Revolución estaría muriendo por falta de ideas.

Las dos deben ir juntas, forman parte de una conducta, de una ética. Si la irreverencia no va acompañada de la lealtad pierde su razón constructiva, se transforma en ataque, es malsana. Si la lealtad camina sola, sin la compañía de la irreverencia, se transforma en adulación, es sumisión. Y aunque aparentemente los adulantes, los lamedores, son cómodos, aprueban todo, a todo dicen si, en realidad están contribuyendo a la sequía de ideas, a la muerte por pérdida del rumbo. Sólo las ideas pueden abrir caminos, dar objetivos claros. Sin ideas la Revolución sólo puede hacer practicismo y éste irremediablemente conduce a la derrota frente a las ideas burguesas. En estos días tan difíciles la discusión es imprescindible y la irreverencia y lealtad son base para esa discusión.

Irreverencia en el debate y lealtad en la acción.

¡Claro que venceremos!!!

Ángel Javier Díaz Tovar.

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