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¿Qué queda por hacer luego del 3 de enero?

3 de enero
Homar Garcés
Quienes ven en los hechos del 3 de enero pasado una catástrofe previamente anunciada y poco tomada en cuenta por el presidente Nicolás Maduro y su gabinete ejecutivo (quizá confiando demasiado en el respaldo públicamente manifestado por los gobiernos de Rusia y China, entre otros), dejando abierta la puerta a la especulación sobre una traición interna por parte de quienes ahora dirigen el gobierno nacional, concluirían en que el proyecto político del comandante Hugo Chávez tocó a su fin. Es lo que se podría aducir al observar el gran contento mostrado por el loco Donald Trump cuando se refiere a la presidenta encargada Delcy Eloina Rodríguez Gómez, al ingreso autorizado de militares yanquis en el territorio nacional y al control del negocio petrolero por su gobierno. Ésto sería el lado negativo de la situación presente y, pese a las exiguas explicaciones que han dado voceros del chavismo, éstas no acaban de convencer del todo a la mayoría de la población, independientemente de si es o no partidaria del chavismo. Tal cosa debería ser motivo de un debate serio entre los chavistas, puesto que de la debida comprensión de lo que realmente pasa en esta extraña relación transaccional, de amistad y de colaboración con el imperialismo yanqui dependerá en mucho el futuro del proceso de cambios revolucionarios, así como de la vigencia de los postulados de la Constitución de 1999 y de las diversas leyes de carácter socioeconómico que han beneficiado al pueblo. No es posible aceptar que tal debate sea una cuestión perjudicial, salvo si se está de acuerdo en convertir a Venezuela en un protectorado o una neocolonia gringa, como lo insinúa burlonamente el inquilino de la Casa Blanca. No obstante, habrá que dilucidar aún hasta qué punto las decisiones pragmáticas estarán por encima de los postulados teóricos/ideológicos que marcaron la marcha del proyecto revolucionario bolivariano, considerando, ciertamente, el interés en preservar la soberanía nacional, reactivar la economía y darle continuidad institucional al gobierno y al Estado. O, si en algún momento, llegaría a conformarse un poder alternativo, con un programa y un horizonte propios.
El lado positivo es que los hechos del pasado 3 de enero han permitido a mucha gente abrir los ojos ante la creencia inducida de que el imperialismo yanqui era una cosa del pasado y, por lo tanto, inexistente e incapaz de hacer lo que hizo con la soberanía venezolana. Con ello se hizo trizas el convencimiento de haberse concretado el socialismo revolucionario mediante elecciones ganadas en todos los niveles y de forma consecutiva, colmando todos los espacios sociales, políticos, económicos y culturales con chavistas leales, fieles cumplidores de tareas sin saldos organizativos que ayudaran realmente a definir y a lograr el surgimiento del socialismo bolivariano, con un poder popular autónomo, autosustentable y creativo, capaz de construir un nuevo modelo de Estado que fuera totalmente distinto a los existentes a nivel mundial. En tal sentido, es fundamental comprender, como lo describe René Ramírez Gallegos en Redistribuir sin transformar. Crisis civilizatoria y límites del progresismo, «la convergencia de luchas -feministas, ecologistas, indígenas, laborales- requiere un punto de articulación que permita reconstruir un horizonte común. Ese núcleo sigue siendo la lucha de clases, siempre que no se la reduzca al salario: en ella se inscriben también la opresión de género, la racialización del poder y la persistencia de la extracción colonial».
¿Qué queda por hacer, entonces? En primer lugar, realizar una revisión objetiva y crítica de la actuación del chavismo en todos los ámbitos durante estos 25 o 27 años desde el momento en que Hugo Rafael Chávez Frías comenzó a dirigir los destinos del país. En esta revisión, por supuesto, no se puede obviar el nefasto papel cumplido por aquellos que han ocupado posiciones de dirección al frente de las diferentes instituciones del Estado, generando un estancamiento y una distorsión de lo que debería ser el poder popular organizado, sin tutelas de ningún tipo. De igual manera, tendría que verse hasta qué punto las fuerzas armadas están comprometidas con la construcción socialista de una nueva sociedad y de qué modo entienden y practican la doctrina militar bolivariana que es su base fundamental para la defensa de la soberanía y la integridad territorial de Venezuela. Un elemento insoslayable es el tipo de moral que caracteriza al pensamiento y a la conducta de los y las chavistas en cargos de dirección. Sobre los fundamentos heredados de Chávez podrá iniciarse y afianzarse una lucha de resistencia no armada frente a las pretensiones de dominio absoluto del imperialismo gringo, comenzando por el reforzamiento de la cultura y la memoria histórica de las luchas libradas por los sectores populares, incluyendo en ésta las etapas de la conquista y de la independencia hasta nuestros días. No contentarse con la versión oficial ni la simple propaganda. Es preciso indagar en las causas y las consecuencias de cada hecho de la historia venezolana, con un criterio insurgente y no colonizado.
Lo más saludable es que sea algo que surja de un cruce de opiniones en un debate abierto y sincero que contribuya a la organización de una lucha antiimperialista, revolucionaria y nacionalista. De este modo, el chavismo de abajo sabrá superar las contraindicaciones y la subordinación en relación con el chavismo de arriba, aquel que se beneficia con sus posiciones de poder. ¿Ocurrirá una rebelión de las bases populares, proclamando la Revolución Socialista Bolivariana en un contexto abiertamente antiimperialista, sumada a la reacción anticapitalista y antiautoritaria de los pueblos hermanos de nuestro continente? Eso lo determinará el tiempo.

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