Esta famosa frase que titula nuestro artículo de hoy proviene de una antigua fábula atribuida a Esopo. En el relato, un grupo de ratones idea el plan perfecto para sobrevivir al asedio de su enemigo: atar una pequeña campanilla al cuello del felino para escuchar sus pasos y anticipar la huida. Sin embargo, la brillante propuesta se desmorona cuando un viejo y sabio roedor lanza la pregunta de las cuarenta mil lochas: “¿Y quién le pone el cascabel al gato?”. Al final, nadie estuvo dispuesto a asumir el riesgo real de ejecutar la hazaña.
Esta metáfora ilustra a la perfección la enorme brecha que separa a una idea brillante de su realización; desnuda la cobardía, la desidia o la apatía general ante una tarea tan peligrosa como necesaria. Así se demuestra que nadie está dispuesto a asumir el riesgo real de ejecutar un plan que solvente una problemática, más aún cuando tal planificación es inviable —como dirían los expertos de la ciencia administrativa—, aunque sea urgente para el bien común.
Es precisamente este escenario el que presenciamos hoy ante el constante cacareo gubernamental. Los medios de comunicación retumban con promesas solemnes: “Necesitamos una nueva estructura de gobierno adaptada a la realidad de Venezuela”; “la nómina de 3,5 millones de empleados estatales es insostenible y urge reducir ministerios e institutos públicos”; o aquella vieja promesa de que “el sistema judicial penal requiere una reforma profunda porque arrastra una deuda estructural con el pueblo”, entre otras grandes propuestas que, lamentablemente, suelen quedar en la simple retórica populista.
En fin, son anuncios rimbombantes que dibujan el país que todos anhelamos, pero que colisionan con la realidad. Al igual que en la fábula, tras décadas de escuchar las mismas promesas y la misma retórica vacua, la duda de fondo sigue intacta y el país se sigue preguntando: ¿y quién, finalmente, le pondrá el cascabel al gato?
Prof. Miguel Ángel Henríquez Marcano
@profesorMAHM
Profesor Titular Jubilado de la UNELLEZ

