Homar Garcés / Maestro Ambulante

En momentos que fuera confirmada la salida del país y, con ella, el final de la dictadura, del General Marcos Pérez Jiménez, quizá con algo de ingenuidad, según los parámetros actuales, Fabricio Ojeda, entonces presidente clandestino de la Junta Patriótica (integrada por representantes de las organizaciones políticas de PCV, URD, COPEI y AD), se dirigía al pueblo el 23 de enero de 1958 en estos términos: “Si es verdad que anteayer el pueblo se lanzó a la calle a pelear sin armas contra la policía, hoy es el día de deponer las armas contra la policía, hoy es el día de deponer las armas, que eran las piedras y las botellas, para ir en manifestación de regocijo popular a pedirle a todos que Venezuela siga caminando por una vida institucional donde se respeten los derechos ciudadanos, donde los poderes públicos sean escogido por el voto del pueblo, donde se respeten los dineros de la nación y donde todos podamos vivir y trabajar tranquilos bajo la tutela y el amparo de la ley”. Muy distinta a la actitud asumida por los sectores empresariales y militares que antes se beneficiaron grandemente con el régimen caído, Ojeda confió en que la democracia que comenzó a defender el pueblo en las calles de Caracas y otras ciudades venezolanas habría de contribuir en hacer una realidad la aspiración colectiva de vivir bajo un régimen de igualdad estricta, de libertad garantizada, de progreso compartido y de respeto de la ley. El régimen de Rómulo Betancourt, a la sombra de los intereses de la clase plutocrática de Estados Unidos y de sus asociados nacionales, hará que tal aspiración (bajo el lema “disparen primero, averigüen después”) se convierta en desilusión, reprimiendo -con suspensión y violación de la recién aprobada Constitución en 1961- las primeras manifestaciones populares en demanda de diferentes reivindicaciones, inaugurando una era “republicana” de allanamientos, aprehensiones (incluidas las de los diputados del PCV y del MIR, sin consideración alguna a su inmunidad parlamentaria), torturas, asesinatos y desaparición de luchadores sociales y políticos (comunistas o sospechosos de serlo) en el marco de la doctrina de seguridad nacional creada por el imperialismo gringo para mantener su hegemonía indiscutible al sur de sus fronteras, evitándose así la reedición de la experiencia revolucionaria de Cuba en el continente. Para Fabricio Ojeda, electo diputado del Congreso de la República por Caracas, era ésta una situación que no podría revertirse sino a través de las armas, por lo que presenta su renuncia a la curul que llegó a ocupar, manifestando su intención de incorporarse a la guerra de guerrillas que comenzó a hacerse presente en distintos lugares de la nación.
En su carta de renuncia al Parlamento, Fabricio Ojeda expresa: “Nosotros creímos que el patriotismo estaba por encima de banderías y de grupos. Pero lo primero que algunos hicieron de regreso al país fue atentar contra la Junta Patriótica, contra sus miembros fundadores, que en la resistencia habían sabido trazar una línea política justa que culminó con la victoria popular. Más, ahora estamos convencidos que todo lo ocurrido, que el nuevo fracaso, no fue sino el resultado de las grandes contradicciones económicas y sociales que se agitan en nuestra sociedad, que pugnan dentro de un sistema político como el nuestro. No podía esperarse otra cosa si no se había hecho otra cosa que cambiar los hombres del gobierno. El 23 de enero hubo sólo esto: un cambio de nombres”. La amarga constatación de esta realidad -refrendada por los máximos jerarcas de AD, COPEI y URD en el pacto de Punto Fijo, con exclusión explícita del PCV, por incompatibilidad ideológica- hizo que éste decidiera sumarse a la guerrilla constituida en el espacio geográfico de Trujillo y Portuguesa, llegando a ser el presidente del Frente de Liberación Nacional (con participación de los militares sublevados de las bases navales de Carúpano y Puerto Cabello, Jesús Molina Villegas, Pedro Medina Silva y Manuel Ponte Rodríguez, entre otros) con que se pretendió articular los esfuerzos políticos y militares de los dos partidos políticos en armas, el Partido Comunista de Venezuela y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, y sus frentes guerrilleros, labor que fue frecuentemente bombardeada por el sectarismo, las deserciones y la falta de visión política de aquellos que estaban en la dirección de los mismos, lo que facilitó la acción de los cuerpos de seguridad del Estado; produciéndose una desmoralización que se fue extendiendo y profundizando entre las filas guerrilleras hasta que se pactó con el gobierno de Rafael Caldera una «pacificación” a la cual se acogieron quienes estaban opuestos a la línea de la lucha armada, aceptando, por tanto, las reglas de juego de las clases y grupos reaccionarios dominantes, en una comparsa de democracia representativa que cada día perdía respaldo de los amplios sectores populares, víctimas, en cada ciclo, de la demagogia, la represión y la corrupción administrativa del estamento gubernamental.
El 21 de junio de 1966, en circunstancias por demás cuestionables, muere Fabricio Ojeda (la versión oficial habla de suicidio) en las instalaciones del Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. Tiempo antes, había redactado “La guerra del pueblo” en donde da a conocer su evolución ideológica (desde su cercanía con Jóvito Villalba durante su militancia en URD hasta su conversión en militante de la Revolución socialista) y lo que ha representado para el pueblo de Venezuela la concepción moral dominante, el idealismo democrático y el fatalismo geográfico que le hace creer que ningún cambio revolucionario, por muy mínimo que éste sea, será posible sin el consentimiento de los grupos oligárquicos y del imperialismo yanqui. En sus páginas, Fabricio asevera que “abandonar el campo reformista y tomar el revolucionario significa decidirse a luchar sin temor alguno, tener seguridad la victoria y desafiar, cual David, al gigantesco poder reaccionario, como lo han hecho todos los revolucionarios de la historia, incluso los revolucionarios burgueses. En esta conversión juega importante papel la mentalidad de Poder, ya que la conquista de él es la finalidad de todo movimiento político”. Un elemento medular de esta obra es lo referente a la revolución permitida y el reformismo pro-imperialista, analizando lo sucedido históricamente en Venezuela y el resto de nuestra América, donde es imperativo librar, forzosamente, una lucha de liberación nacional, rescatando la soberanía conquistada por el pueblo en los campos de batalla, liderado por el Libertador Simón Bolívar. Luego, más adelante, recalca que “está demostrado – y la mayoría de los densos sectores del país así lo acepta – que Venezuela vive una crisis integral progresiva, cuya gravedad requiere grandes esfuerzos para ponerle fin. Ni la Alianza para el Progreso, ni las reformas circunstanciales, han podido conjurar el tremendo mal. Sin embargo, muchos sectores, conscientes de la necesidad revolucionaria, no acaban de salir del campo de la influencia reformista, de las ilusiones, contribuyendo con su actitud a la prolongación de la situación que agobia al país. Creen ingenuamente, todavía – y ello es consecuencia de una indefinida mentalidad de Poder – que existen otros medios para resolver los problemas nacionales, sin necesidad de exponer sus vidas, su libertad y sus intereses específicos ”.
En el espíritu unitario de la jornada histórica del 23 de enero, el Comandante guerrillero también expone en La guerra del Pueblo que “la base antifeudal y antiimperialista de nuestro proceso revolucionario plantea un género de alianzas que está por encima del origen, credo político, concepción filosófica, creencias religiosas, situación económica y profesional, y afiliación partidista de los venezolanos. El enemigo común, su fuerza y poderío, reclama una lucha unitaria para vencerlo”. Critica el doble discurso practicado de forma habitual por los sectores políticos, entre los cuales “cada camarilla en función de dirigencia, a cuyo alrededor se congregan los grupos más disímiles, aprovecha las oportunidades del llamado juego democrático para obtener mejores posiciones que, a su vez, son factores para el negocio general. Roscas de dirigentes obreros, agrarios y de otros asuntos nacionales e internacionales ejercen sus funciones a manera de profesión remunerada. La conquista de un puesto directivo en las centrales obreras, campesinas o gremiales, como arribo a una curul parlamentaria, a un cargo edilicio o una alta posición ejecutiva y otras esferas de la actividad política y gubernamental, no expresa vocación alguna de servicio público, de responsabilidad para traducir en hechos las convicciones ideológicas sino que se presenta ante cada rosca como el logro de un holgado ‘modus vivendi’ garantizado por sueldos, prebendas y canonjías que la colocan en privilegiada situación”; impidiendo, en consecuencia, que exista un sentido de nacionalismo, de patriotismo, de verdadera democracia y de una ciudadanía ética y efectiva entre las amplias mayorías venezolanas. Consciente de que ello no podría concretarse únicamente por la vía legal, propone, a diferencia de los grupos que se identifican con el reformismo, “crear instrumentos armados propios, capaces de doblegar el poderoso enemigo y garantizar el cumplimiento de los objetivos trazados”; lo que implica, justamente, transitar el camino de la Revolución, en lo que es la combinación de todas las formas de luchas populares, acompañadas de una sólida mentalidad de Poder. En todo momento, Fabricio Ojeda fue ejemplo de demócrata consecuente y de revolucionario fiel a sus convicciones. Ahora que se recurre a su imagen, habrá que escudriñar su pensamiento, sin parcelamiento de por medio, a fin de ubicarlo (en su justa dimensión) en el contexto de la realidad nacional y así concretar su ideario, marcado sin miedo por la palabra y la acción revolucionaria.

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