Homar Garcés
El entramado de plataformas digitales y militares (bases de datos, sistemas administrativos, telecomunicaciones y flujos de información, entre otras nuevas tecnologías utilizadas) explicaría cómo las tropas yanquis pudieron invadir el territorio venezolano y secuestrar al presidente Nicolás Maduro sin que hubiera una respuesta contundente, un contraataque efectivo masivo, por parte de las fuerzas armadas venezolanas (equipadas éstas con armamento moderno provisto por Rusia y China) que lo pudiera impedir, más allá de las lamentables bajas sufridas. Respecto a ello, en el caso de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana pudo haber, quizás, una subestimación del enemigo, calculando una invasión de tipo convencional y no de la manera como ocurrieron los hechos. Esto supuso una desventaja grande para Venezuela. Este episodio amargo corrobora, además, que la guerra ya no se hará del modo tradicional, como siempre se ha conocido en la historia, abarcando un escenario donde la posesión y el uso de las tecnologías más avanzadas en materia militar decidirán su curso y desenlace; sometiendo, en muchos casos, a las naciones que carezcan de éstas al dominio neocolonial del más fuerte. Según el historiador brasileño Fernando Horta, «la operación no fue ganada con misiles, helicópteros o por la cantidad de metal que EEUU pueda lanzar sobre un país. Una batalla crucial se libró y ganó en las capas invisibles del espectro electromagnético y en los flujos de datos que cruzan nuestro continente cada milisegundo. Antes de los primeros disparos, los aviones de guerra electrónica EA-18G Growler ya habían ‘borrado’ Caracas». Con esto, el imperialismo yanqui inauguraba una nueva manera de imponer su voluntad a los países disidentes y reacios a acatarla incondicionalmente, rompiendo con todos los esquemas conocidos respecto a agresiones militares e injerecismo político.
Al referirse a las diferentes acciones de Estados Unidos en contra de Irán y Venezuela, en su artículo «La guerra que no se declara», Javier F. Ferrero explica lo siguiente: «En Venezuela, la presión no comenzó ayer ni con Trump. Décadas de sanciones han estrangulado el corazón económico del país, atacando directamente su capacidad de sostener servicios públicos, salarios y estabilidad social. El objetivo nunca fue “restaurar la democracia”, sino hacer inviable cualquier proyecto político que no se alinee con los intereses estratégicos de Estados Unidos. El deterioro social no es un daño colateral. Es el mensaje. Cuando la vida cotidiana se vuelve insoportable, cualquier alternativa parece aceptable, incluso aquellas tuteladas desde el exterior. Irán lleva años siendo laboratorio de esa misma lógica. Sanciones acumulativas, sabotajes industriales, ciberataques, asesinatos selectivos, aislamiento financiero y una presión constante para provocar fracturas internas. Cada protesta es amplificada cuando conviene, silenciada cuando no. Cada gesto de distensión es respondido con nuevas exigencias imposibles de cumplir. La paz que se ofrece nunca es real: es condicional, reversible y diseñada para fracasar. No busca acuerdos, busca rendiciones». Todo eso, en conjunto, genera poder, control y desorientación masiva que, al final, termina por beneficiar a la clase capitalista transnacional que dirige el gobierno imperialista de Estados Unidos. Son los rasgos más distintivos del actual aparato industrial-militar-digital del hiperimperialismo 3.0, cuya ambición no se limita a mantener una hegemonía basada en el control del dólar sino que se extiende a una recolonización de territorios, como se pretende hacer con Gaza, Venezuela, Groenlandia, Cuba y todo el continente americano.
Mediante dicho hiperimperialismo, el plan del magnate Trump es simple, nocivo y obvio: Se trata de gobernar desde el caos, teniendo, adicionalmente, la crueldad como atributo político como se deja entrever con la situación de exterminio a que son sometidos los palestinos y la amenaza de cerco total contra Cuba. En lugar de consensos, Trump se ha trazado gobernar al mundo desde el miedo. Para lograrlo, requiere crear una situación de conflicto internacional que justifique el despliegue militar, como en los casos de Venezuela e Irán, la aplicación de sanciones unilateralmente y la criminalización y satanización de los gobiernos y países que no se sometan a la voluntad imperial de Estados Unidos. No es una anomalía del sistema, como algunos suponen. Ni algo circunstancial, debido al capricho narcisista de Trump. Como lo señala un análisis publicado por la revista Foreign Affairs, «Al prescindir de cualquier pretensión de legalidad, Trump envía la señal de que EEUU ya no se considera vinculado por normas o tratados globales». Y ello es sumamente peligroso para el mantenimiento de la paz a nivel global. Así , los compromisos formales de no agresión, autodeterminación, obligaciones multilaterales y protección de los derechos humanos representados por la Organización de las Naciones Unidas, han sido, más que ignorados, violentados deliberadamente por el ocupante de la Casa Blanca ante la impavidez y la pasividad de dicho organismo multilateral y de la mayoría de los diferentes gobiernos del mundo.
Como lo señala Silvia Ribeiro, «el tema de la soberanía digital en América Latina es tan urgente como inexistente. No se trata solamente de no permitir ciertas empresas, algo en lo que la mayoría de los gobiernos latinoamericanos van en sentido opuesto. Tenemos que entender y cuestionar todas las aristas del uso de estas tecnologías y redes en las que diariamente personas, instituciones y gobiernos vertemos innumerable información sobre lo que hacemos, consumimos, pensamos, con quién y dónde». Se impone la necesidad, entonces, de articular conciencia y organización, pensamiento crítico y acción colectiva, ética, moral y política, con la finalidad de poder enfrentar exitosamente los nuevos mecanismos hegemónicos con que Estados Unidos y sus aliados quieren dominar al mundo. Esto, a grandes rasgos, exige disponer de una claridad crítica y de una voluntad organizada que nos permita contrarrestar los efectos perversos de la utilización de la tecnología digital y, por supuesto, la estrategia de dominación que estaría desarrollando el imperialismo gringo (sionizado) en contra de la soberanía y de la autodeterminación de nuestras naciones.

