Homar Garcés / Maestro Ambulante

La ensoñación de una Venezuela mejor y sin divisiones de clases que se perdió por culpa de los sectores populares empobrecidos que convirtieron a Hugo Chávez presidente en 1998, continúa siendo un argumento recurrente (el único, a decir verdad) entre quienes sólo perciben que sus derechos han sido usurpados, negados y pisoteados por un régimen «comunista» corrupto y dictatorial. Según su pensamiento arcaico, antes de ese año fatídico, el pueblo venezolano disfrutó de las bondades de un Edén democrático creado bajo la invocación del pacto de Punto Fijo y del protectorado benevolente del imperialismo gringo. En consecuencia, la crisis que padece este país se debe, principalmente, al hecho de haber abandonado (cual Adán y Eva) el camino de la democracia representativa instaurada luego del 23 de enero de 1958. Cuarenta años que fueron lanzados al caño por la ignorancia política de un pueblo malagradecido y la ambición de poder de un grupo de resentidos sociales. Ése sería el resumen del «profundo análisis» que se extraería de los discursos, de las actitudes y de las acciones de aquellos que buscan convencer al resto de la población (que odian, sin disimulo alguno) sobre sus buenas intenciones democráticas. Ninguno de sus representantes admite lo que fuera cosa común durante dicho periodo, quizá confiando en que la gente sabrá distinguirlos o separarlos de aquellos que gobernaran y empobrecieran al país y se enriquecieron con mucho descaro a costa del erario público.
Para ellos, nunca hubo hambre, ni represión ni corrupción, así se les presenten evidencias gráficas y estadísticas, tampoco los múltiples casos de detenciones, asesinatos extrajudiciales y desaparición física de luchadores sociales y políticos (especialmente los señalados como izquierdistas o comunistas), en algunos casos, con extranjeros dirigiendo a la DIGEPOL y el SIFA (como el cubano batistiano Luis Posada Carriles); la discriminación laboral de quienes encabezaron el reclamo de sus reivindicaciones; la exclusión de los centros de estudios universitarios (incluyendo las academias de las Fuerzas Armadas donde se obligaba a los aspirantes a firmar bajo juramento cartas de apoliticismo, expresando que jamás habían tenido contacto con la ideología marxista-leninista); una Iglesia altamente politizada que desconocía adrede los desmanes de los gobiernos puntofijistas; de campesinos despojados de sus tierras, a pesar de la vigencia de la Ley de Reforma Agraria; de cinturones de miseria en torno a las principales ciudades a donde muchos venezolanos esperaban gozar de mejores perspectivas de vida, teniendo que convivir con las razzias policiacas como parte de su cotidianidad (los ricos no son delincuentes y, por tanto, no hace falta ninguna redada en sus urbanizaciones); la entrega de los grandes recursos minerales (hierro y petróleo) a las empresas transnacionales estadounidenses, convirtiendo a Venezuela en una gran factoría, con una economía atrasada y altamente dependiente; una educación adaptada para producir los técnicos y la mano de obra calificada que requería la clase empresarial, sin que hubiera un atisbo de verdadero nacionalismo para hacer próspera la tierra de Bolívar; indígenas y afrovenezolanos, invisibilizados y ridiculizados por igual en los medios televisivos y otros espacios, apenas tomados en cuenta como atracción turística u objeto de estudios antropológicos y con poco o nulo reconocimiento de sus aportes a la conformación de la nacionalidad venezolana; la falta de servicios públicos, eficientes y accesibles para todos; la justicia clasista, beneficiando a los pudientes (gracias a los sobornos oportunos a policías, fiscales y jueces) y sentenciando a las personas sin recursos económicos (generalmente encarceladas sin fórmula de juicio, perdidos en un laberinto judicial interminable); la desnutrición y las enfermedades que diezmaban la población infantil, incidiendo en sus dificultades de aprendizaje; la inexistencia de una industria nacional, realmente productiva, exportadora, diversificada e innovadora; bancos asociados a la corrupción política y el blanqueo de capitales, habituados a especular y hacer negocios con los ahorros depositados en ellos, hasta el punto de declararse en bancarrota sin verse obligados a responder por sus «errores administrativos», exonerados y auxiliados por sus asociados del gobierno de turno; la mordaza aplicada a periodistas y medios de información que no acataran las «reglas democráticas», coartando así el derecho constitucional de la libre expresión y la pluralidad de las ideas; en fin, un paraíso perdido por culpa de los que, con Chávez de presidente, empezaron a ser conocidos como tierrúos, hordas y monos, además de otros epítetos racistas y clasistas con que se les buscar degradar y negar su condición humana.
La pérdida de la vida ingenua, feliz y natural que todo lo anterior representaba vino a traducirse, cual maldición bíblica, en una nueva época signada por penalidades de distintos tipos. Siendo la derecha integrada por personas «justas» y «perfectas» sobre la tierra venezolana, a semejanza de Noé, le correspondería, por tanto, la tarea mesiánica de restituir el estado de gracia perdido, condenando a muerte, si fuera posible, a los herejes «castro-chavistas»; opuestos, además, a la única fe verdadera al hacerse creyentes de religiones paganas. La nueva estirpe «democrática», siguiendo su destino manifiesto, se encargará entonces de purificar a Venezuela, emponzoñada por el chavismo. La añoranza arcádica de la derecha estaría, pues, bastante justificada como para atreverse a rebatirla, haciéndole un recuento de la historia a partir del momento en que se producen la invasión y el genocidio llevados a cabo en nuestro territorio por los saqueadores europeos después de 1492. Entendiendo esto, los sueños de redención y salvación de los sectores populares se concretarán únicamente bajo la guía benevolente de una meritocracia, motivada por la igualdad de intereses y oportunidades para todos. O, para los más vehementes, en las alturas de los cielos (espacio más que suficiente para albergar a tantos bienaventurados), al momento de morir, como corresponde, con la resignación de los buenos cristianos.
Pasando al presente, lo que se obvia, en medio del cuadro general que le pinta la derecha al pueblo venezolano, es que la situación social y económica crítica que muchos resienten en Venezuela -producto de una serie de circunstancias fácilmente atribuibles a los bandos políticos que se hostilizan mutuamente con la finalidad de obtener el control de todos los espacios del poder constituido- viene a ser el resultado de una gama de estrategias y tácticas fomentadas por el imperialismo gringo, adosadas a la ambición de los grupos derechistas de controlar el poder, haciéndose eco de las diatribas de Washington y de sus lacayos regionales. Sin embargo, como Adán luego de descubrirse su falta, la dirigencia derechista se excluye a sí misma de la responsabilidad que tiene respecto al cúmulo de acciones que han llevado a Venezuela a este estado crítico, tratando de derrocar el gobierno de Nicolás Maduro, culpándolo de todo lo habido y por haber, de modo que el pueblo pierda la confianza en su capacidad para gobernar y para tomar las decisiones adecuadas que permitan resolver la problemática actual, especialmente en el área económica. Esto le ha permitido crearse a sí misma una imagen «demócrata», en la confianza que, cual Moisés bajando del monte de Sinaí (saliendo esta vez de la Oficina Oval de la Casa Blanca), guiará finalmente a Venezuela al Edén existente antes de 1999; adelantando la parusía y evitando el advenimiento catastrófico del Juicio Final.

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