Homar Garcés

En la carta que escribiera el Comandante Ernesto Che Guevara a Armando Hart Dávalos, recién designado Secretario de Organización del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, con fecha del 4 de diciembre de 1965 desde Dar-Es-Salaam (Tanzania), éste le hace partícipe de “algunas ideíllas sobre la cultura de nuestra vanguardia y de nuestro pueblo en general”, con lo cual busca que se intensifique, se generalice y se adecúe a las condiciones objetivas de Cuba la teoría revolucionaria de Karl Marx y Friedrich Engels. En sus palabras, confiesa que se encontró “con la primera dificultad: en Cuba no hay nada publicado, si excluimos los ladrillos soviéticos que tienen el inconveniente de no dejarte pen­sar; ya el partido lo hizo por ti y tú debes digerir. Como método, es lo más antimarxista, pero, además, suelen ser muy malos, la segunda, y no menos importante, fue mi desconocimiento del lenguaje filosófico (he luchado duramente con el maestro Hegel y en el primer round me dió dos caídas). Por ello hice un plan de estudio para mí que, creo, puede ser estudiado y mejorado mucho para constituir la base de una verdadera escuela de pensamiento; ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar. El plan mío es de lecturas, naturalmente, pero puede adaptarse a publicaciones serias de la editora política”. Seguidamente, le expone que “así no se da cultura marxista al pueblo, a lo más, divulgación marxista, lo que es necesario, si la divulgación es buena (no es este el caso), pero insuficiente”; lo que sería más bien “seguidismo ideológico”, no un conocimiento concienzudo de los aportes hechos por Marx y Engels para llevar a cabo una verdadera revolución socialista en el mundo.

Bajo la influencia del Che Guevara, se abrió un nuevo capítulo en la lucha revolucionaria de los países de nuestra América para impulsar el marco teórico de un marxismo abierto y antidogmático, luego del paréntesis de José Carlos Mariátegui con sus análisis sobre la realidad indígena peruana. Hasta entonces, los manuales provenientes de la Unión Soviética para hacer la revolución comunista partían de su realidad particular y establecían como leyes científicas todo lo hecho en su territorio para lograr este propósito; lo que desechaba lo propio de cada país, especialmente de aquellos ubicados más allá de Europa. Considerando que no existían las condiciones maduras en muchos de estos países, desde Moscú se le aconsejaba a los partidos comunistas plegarse a unas concepciones estructuradas sobre la base de una revolución democrática antiimperialista al frente de la cual estaría una burguesía nacional, patriótica y progresista; en lo que sería una revolución por etapas. Gracias a lo realizado por Fidel Castro y su Ejército Rebelde en Cuba, sumado al enfrentamiento sostenido con el imperialismo gringo, estas concepciones estructuradas quedaron rotas, demostrándose que las vías revolucionarias podrían ser diversas y, en muchas ocasiones, no apegadas a un guión preestablecido, por muy marxista que este lo fuera. En este marco de excepcionalidad de la Revolución Cubana, el Comandante Guevara asume la tarea de explicar los alcances revolucionarios de las medidas gubernamentales adoptadas, así como de adelantar lo que éstas debieran ser para cumplir con una verdadera revolución antiimperialista, democratizadora y anticapitalista, tomando en cuenta el ideario de José Martí. Esto le llevará a repensar los aportes hechos por Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo y otros revolucionarios teóricos; sin caer en una mera repetición de citas (descontextualizadas), como era cosa habitual en muchos de aquellos que se identificaban con la Revolución Socialista, pero que no profundizaban en su contenido y, menos, sin adaptarlas ni tratar de trascenderlas, lo que se esperaría de un verdadero revolucionario. Esto, además, le conducirá a polemizar con los académicos soviéticos y con quienes, como ellos, seguían aferrados a cánones inamovibles que descartaban otras vías y métodos para lograr la Revolución. De ahí la trascendencia de la carta remitida desde África a Hart Dávalos.

Tempranamente, en 1960, en “Notas para el estudio de la ideología de la Revolución Cubana”, Che expresaba que “las leyes del marxismo están presentes en los acontecimientos de la Revolución Cubana, independientemente de que sus líderes profesen o conozcan cabalmente, desde un punto de vista teórico, esas leyes”. Muchos revolucionarios -pecando de idealistas e ingenuos- creyeron que esta experiencia podría reproducirse (casi automáticamente) en sus respectivas naciones. No consideraron lo dicho por el Che en 1962, al criticar a aquellos que “tratan de implantar la experiencia cubana sin ponerse a razonar si es o no el lugar adecuado, simplemente toman una experiencia que se ha realizado en América y tratan de llevarla hacia cada uno de los países”. En su ponencia “Ernesto ‘Che’ Guevara: Pensamiento y acción”, en el Seminario científico internacional sobre el Pensamiento revolucionario del Comandante ‘Che’ Guevara celebrado en Argentina en 1988, el periodista argentino Daniel Cohen expuso al respecto que “el análisis de las condiciones revolucionarias existentes y la capacidad del foco (guerrillero) para exacerbarlas hasta un punto de estallido generalizado, fue formulado en forma clara y completa por el ‘Che’ y deformado por quienes desde dentro y fuera del campo revolucionario se le opusieron. Se trató de insertar el pensamiento del ‘Che’ dentro de viejos moldes ‘blanquistas’, de encerrar al foco dentro de los cánones putchistas. Pero el foco era en el ‘Che’ un camino hacia las masas. Una manera de insertarse en el pueblo, de hacer que la explotación secular sea vista con nueva mirada por los explotados. Solamente la participación de los oprimidos podía convertir al foco en ejército revolucionario, allí donde las condiciones de explotación eran más duras y la fuerza del enemigo era más débil. El foco era el detonante de una situación social explosiva. No era el creador de la situación, era el recreador de la misma, su acción generaba una nueva visión y una nueva actitud en el seno de las masas oprimidas”. Sin embargo, Che no se limitó a teorizar sobre los aspectos políticos y militares de la Revolución. También abarcó su construcción económica, moral y ética, comprendiendo que la Revolución Socialista no solo implicaba conducir un gobierno exitoso y progresista sino la toma real del poder y la destrucción de las instituciones del Estado burgués liberal como pasos esenciales para la instauración de un nuevo modelo civilizatorio.

En contraste con el llamado socialismo realmente existente (representado, fundamentalmente, por la URSS), para el Comandante Ernesto Guevara “la Revolución no es, como pretenden algunos, una estandarizadora de la voluntad colectiva, de la iniciativa colectiva, sino todo lo contrario, es una liberadora de la capacidad individual del hombre”; por lo que en la etapa de transición entre el viejo modelo de sociedad capitalista y el nuevo modelo de sociedad socialista habría que combinar lo material y lo moral, en una lucha ideológica permanente, sin limitarse a lo meramente económico-productivo, lo que equivaldría a conservar intacta la enajenación del trabajo cuando lo que se impone es transformarlo de manera que cumpla una función social, lo cual -a su vez- tendría una importante repercusión en la conciencia social de los trabajadores, independientemente de cuáles serían sus rangos. Así , según sus indagaciones teóricas, “el socialismo es un fenómeno económico y también un fenómeno de conciencia, pero debe realizarse sobre la base de la producción”. Frente a las muchas interrogantes y problemas derivados de tal transición, hará saber que “para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que hacer al hombre nuevo”. Por ello, insiste en que “el estímulo moral, la creación de una nueva conciencia socialista, es el punto en que debemos apoyarnos y hacia donde ir”; una cuestión importante que los “ladrillos” soviéticos no contemplaron, más orientados a ganar la Guerra Fría y asegurar el poder detentado por la burocracia partidista que en erigir una sociedad de nuevo tipo donde el elemento central sea el ser humano.

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